«¡Maldita infeliz!».
¡Hablaba de ella como si fuera un virus andante!
Si los demás se enteraban de esa conversación, ¿cómo podría seguir moviéndose libremente por la mansión para informar a sus jefes?
De pronto, a Agustina se le ocurrió una idea.
—Pierda cuidado, señorita. Esto es solo una alergia estacional, no es contagioso. Pero si le preocupa, ¿por qué no me receta alguna medicina?
«Así podré fingir que me envenenaste y destrozar tu imagen frente a tu familia de una vez por todas. ¡Eso acelerará mi misión!».
Roxana la miró con desdén.
—Yo no estoy preocupada. Si dice que es estacional, ya debe estar acostumbrada, así que no necesita ninguna medicina.
Agustina se mordió la lengua.
¡Qué niña tan astuta!
Ella era, según su fachada, la niñera de toda la vida de Doña Marina. ¡Cualquier chica recién llegada a la familia estaría suplicando por ganarse su favor! Pero esta desgraciada ignoraba su «enfermedad» como si no valiera nada.
¡Con razón todavía no lograba encajar del todo con los Soler!
—¡Ay, Dios mío! ¡Pero si esta debe ser Roxana! ¡Es el vivo retrato de Marina cuando era joven! ¡Qué belleza de muchacha!
En la sala de estar, una elegante y amable señora se puso de pie, mirando a Roxana con una sonrisa deslumbrante.
—¡Es verdad! Es digna hija de Rafael, tiene un aura muy especial. ¡Cualquiera diría que se crio toda su vida en Puerto Esperanza! ¡Su presencia supera incluso a la de Yara! —agregó el hombre de mediana edad que estaba a su lado, asintiendo fervientemente. Solo le faltó decir que Roxana era un ángel bajado del cielo.
Al escuchar tales alabanzas hacia su hija biológica, Doña Marina se sintió infinitamente orgullosa. Llamó a Roxana a su lado para presentarla.
—Es cierto, mi Roxana tiene lo mejor de Rafael y de mí, tienen muy buen ojo. Ven, cariño, te presento a Don Gustavo y a Doña Trinidad.
Roxana lo reconoció de inmediato: era el diamante azul más grande extraído en Sudáfrica el mes pasado.
Su valor superaba los cien millones de pesos.
Al ver que Roxana no lo tomaba, Don Gustavo se puso nervioso.
—¿No te gusta el color, pequeña?
Doña Trinidad también la miró con preocupación.
Al ver a la pareja tan tensa, Roxana por fin entendió por qué Gisela había crecido siendo tan ingenua y fácil de manipular por los demás.
Ella pensaba que, para criar a alguien tan arrogante, los Rivera debían ser personas insufribles y calculadoras.
Pero la verdad era que no. Resulta que sus padres eran un par de almas generosas, verdaderos dioses de la fortuna que simplemente consentían demasiado a su hija.

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