Fue entonces cuando Roxana notó el alboroto. Al fijarse, vio que los rostros de los dos estudiantes estaban demasiado rojos. A pesar de haberse quitado la ropa, seguían sudando a cántaros.
Al percibir que algo andaba muy mal, se dirigió a Valeriano y Mateo.
—Iré a echar un vistazo.
Ellos también se percataron de la extraña situación, y al ver que los jóvenes se desnudaban en público, sus expresiones se tensaron y siguieron a Roxana.
La chica que los había reprendido huyó despavorida al ver que los dos empezaban a bajarse los pantalones.
Unos cuantos muchachos, con gran sentido de la justicia y hartos de ver cómo hacían un espectáculo indecente, no lo dudaron y los tumbaron al suelo de un par de golpes.
—¡Malditos infelices! ¡Cómo se atreven a armar un escándalo aquí!
Al caer, los cuerpos ardientes de los dos chicos tocaron el frío mármol del suelo, lo que les brindó un mínimo alivio.
El muchacho que los golpeó creyó que se levantarían a pelear, pero en lugar de enfadarse, sus rostros reflejaron un placer retorcido.
Comenzaron a retorcerse en el suelo como si fueran orugas.
—¡Por Dios! ¡Mis ojos están malditos después de ver esto! —exclamó el joven, levantando los puños para pegarles de nuevo.
En ese momento, uno de los chicos envenenados se rasgó el brazo accidentalmente con un clavo salido de una de las sillas, provocándose una herida profunda.
Pero en lugar de sentir dolor, pareció poseído. Hundió sus propios dedos en la herida abierta y comenzó a jalar.
Mientras se desgarraba la carne, no paraba de gritar que tenía un calor insoportable y que se estaba quemando vivo.
¡Pero el auditorio tenía el aire acondicionado encendido a una temperatura perfecta! ¡No hacía nada de calor!
Todos los miraban con extrañeza.
Al segundo siguiente, ¡el chico se desgarró la piel con sus propias manos!
¡La sangre se derramó al instante por el suelo!
—¡¡¡Ah!!!
La chica que estaba a su lado, al presenciar una escena tan espantosa, soltó un grito de terror puro.
Al acercarse, Roxana vio que las posturas de los dos cuerpos eran grotescas. Sus caras estaban más rojas que un camarón hervido, y sus labios tenían un tono púrpura, indicando asfixia.
¡Estaban al borde de la muerte!
Sin perder un segundo, sacó las últimas cuatro agujas de acupuntura que le quedaban y las insertó en puntos específicos de sus cabezas.
Pero esta vez no las dejó puestas. Evaluando constantemente sus expresiones, insertaba y retiraba las agujas rítmicamente, estimulando sus sistemas nerviosos.
Cuando Mateo y Valeriano lograron llegar, se toparon con la sangrienta escena de los dos muchachos en estado de locura. Ambos fruncieron el ceño con severidad.
—Roxana, ¿necesitas que hagamos algo?
—Por ahora no —respondió ella. Después de repetir el procedimiento con las agujas unas diez veces, notó que los ojos perdidos de los chicos comenzaban a enfocar.
Estaban recuperando el conocimiento.
En ese momento, sacó un frasco de su bolso, extrajo dos píldoras y se las metió a la fuerza en la boca.
Cuando los dos recuperaron la consciencia, miraron a su alrededor. Al verse sumergidos en un charco de su propia sangre, soltaron un alarido de puro terror.

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