—¡Discúlpate! ¡Que te disculpes!
Los gritos de la multitud aterrorizaron al reportero, quien miró instintivamente a sus colegas buscando apoyo. Sin embargo, los demás reporteros, que hace un minuto también querían exprimir a la doctora Serena, ahora miraban al piso. Un magnate corporativo como Sandoval y un titán de las leyes como Patriciano Soler no eran personas a las que quisieran tener de enemigos. Mejor mantenerse lejos.
Roxana observó a su segundo hermano aparecer de la nada y arqueó una ceja. Si Patriciano estaba aquí, seguro que su hermano mayor tampoco andaba lejos.
Como si lo hubiera invocado, una voz gélida resonó desde la entrada.
—¿Te comieron la lengua los ratones? ¿O prefieres compensar con cárcel las calumnias que le acabas de lanzar a mi hermana?
Esta vez, incluso los que no se habían alterado antes se quedaron sin aliento.
—¡Por Dios! ¿Qué día es hoy? ¡¿Por qué hay tanta gente importante reunida aquí esta noche?!
—¡Ese es el CEO de la familia Soler! ¡Leí un reportaje de él en la revista de finanzas!
—Un momento... dijo «mi hermana». ¡¿Acaso la doctora Serena es hermana de Mateo Soler?!
—¡Tiene sentido! La doctora Serena se parece un poco tanto al Gran Abogado Soler como al CEO. ¡Son familia!
—¡Qué envidia! ¡Toda esa familia es ridículamente guapa y poderosa!
A estas alturas, la cara de Clemente era un poema de ira. Había planeado que esa noche él fuera el maestro de ceremonias controlando cada movimiento, pero terminó siendo humillado. ¿Acaso los Soler y los Sandoval le estaban declarando la guerra?
No, no solo ellos. También estaban los Montes. Sin el permiso de su tío Bernardo Montes, estos jóvenes no habrían hecho una aparición tan agresiva. Es más, la presencia de la doctora Serena ahí seguro tenía un propósito oculto.
Una mueca amarga apareció en sus labios. Los había subestimado.
Con el respaldo de Valeriano y sus dos hermanos mayores, sumado a la impecable reputación de la que ya gozaba, ningún reportero se atrevió a molestar a Roxana. El periodista de la Agencia de Noticias HS finalmente agachó la cabeza, dejando de lado su soberbia, y se disculpó públicamente con ella.
Poco después, el grupo se retiró bajo las miradas de envidia de todos los presentes.
Justo antes de irse, Roxana miró de reojo hacia la carpa médica donde habían instalado a Nader y a los otros pacientes tras el incendio.


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