Dora y Wilfredo sintieron un escalofrío al escuchar la sentencia de Nader.
—¡Hermano!
Wilfredo no podía creerlo. ¡Nader había pedido sus cabezas frente a todos!
¿Significaba que ya sabía sobre su traición y por eso actuaba con tanta arrogancia?
Dora abrió la boca para justificarse, pero al ver que Nader ni siquiera le dedicaba una mirada a las súplicas de su propio hermano, el miedo la enmudeció.
Aunque Dora siempre parecía una víbora implacable, en el fondo le aterraba su cuñado. Él y Wilfredo eran bestias diferentes.
Cuando se trataba de crueldad absoluta, Wilfredo no le llegaba ni a los talones a Nader.
Roxana, enfrentando la mirada amenazante del líder del clan, sintió ganas de reírse.
—¿Y qué te hace pensar que voy a aceptar?
—Que las vidas de tu familia están en mis manos.
Nader habló con seguridad, desviando la vista hacia el lugar donde Roxana estaba sentada.
Pero al hacerlo, su expresión se transformó.
—¿Dónde están? ¿Qué pasó con los Montes y los Soler?
Fue en ese instante que Patricio Solís también notó las ausencias.
Sus atractivos ojos se enfriaron de golpe. Inclinándose hacia adelante, pareció intentar leer el alma de Roxana.
—¿Escondiste a tu familia?
Roxana sostuvo la intensa mirada de ambos sin inmutarse, sin dar un paso atrás, desafiándolos en silencio.
—¡Qué insolencia! —estalló Zachary, apuntando a Nader—. ¡Tienes muchas agallas para amenazar a mi salvadora y obligarla a matar en mi propia cara!
En cuanto terminó de hablar, la guardia real soltó toda su aura intimidante.
A pesar de estar rodeados y superados en número, ninguno retrocedió un milímetro.
—Tranquilo, Príncipe Zachary. Esta noche solo venimos por la Esencia Primordial, no tenemos intención de lastimar a inocentes. En cuanto Roxana entregue el tesoro, liberaremos a todos —dijo Patricio con una sonrisa impecable que no llegaba a sus fríos ojos.
—¡Me crees idiota! —bufó Zachary, sin creerle una palabra.

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