No solo estaba Doña Agustina en el comedor; también había otras sirvientas presentes.
Que Roxana aceptara su ofrecimiento con tanta facilidad... ¿lo hacía para humillarla delante de los empleados o de verdad la consideraba una sirvienta más?
Agustina, percatándose del agravio y la furia contenida de Yara, sonrió e intervino: —Qué buena relación tienen las señoritas. Pero yo ya tengo listo el desayuno, señorita Roxana, ¿por qué no prueba primero el mío? Cuando la señora Marina tenía su edad, le encantaban los desayunos que yo le preparaba.
Yara sintió una inmensa gratitud hacia Doña Agustina por sacarla del apuro.
Roxana levantó apenas la mirada, captando justo el cruce de miradas entre ambas. Dejó su teléfono sobre la mesa y sonrió con calma: —Se lo agradezco mucho, Doña Agustina.
Agustina pensó que había aceptado su oferta y se dio media vuelta para ir a la cocina, pero Roxana añadió: —Pero mejor comeré primero lo que Yara preparó para mí. Si no lo hago, podría pensar que la desprecio y no me gustaría que surgiera algún malentendido entre nosotras.
Lo dijo con un tono tan sereno y dulce, aparentando preocuparse tanto por ella, que Yara no encontró forma alguna de armar un escándalo.
Después de todo, había sido ella misma quien se había ofrecido a servirle.
Reprimiendo su disgusto, respondió a regañadientes: —De acuerdo, dame un momento.
Y, con el rostro ensombrecido, se marchó a la cocina para tostar más pan.
Para cuando regresó con la bandeja, Rafael y Marina ya habían bajado a desayunar.
—Roxana, mi niña, ¿qué haces despierta tan temprano? —preguntó Rafael con tono de preocupación al ver que su adorada hija, que solía levantarse a las diez de la mañana, ya estaba sentada en el comedor a las nueve—. ¿Dormiste mal anoche?
—No, dormí perfectamente. Solo que me dio hambre, por eso bajé a desayunar —aclaró Roxana.
Al escuchar que tenía hambre, Marina comenzó a apresurar a la servidumbre de la cocina para que sirvieran rápido.


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