—La aclamada Doctora Serena siempre ha sido un símbolo de compasión. ¡Es imposible que nos abandone a nuestra suerte solo por una medicina!
—¿Y tú qué? —le recriminó alguien a Yara—. Hace un segundo dijiste que no competirías con la doctora, ¿acaso crees que alguien con tu cara de tragedia puede compararse con ella? Hay que tener la cara muy dura.
—¡Exacto! Frente a todos nosotros tiene el descaro de difamar a la doctora. Seguro que ni es buena persona. ¡Que la doctora no la ayude es lo más justo!
—Así es, no somos unos malagradecidos como tú. La doctora jamás nos abandonará.
Los presentes empezaron a hablar, dándole la vuelta al chantaje emocional con gran facilidad. Era evidente que estaban acostumbrados a ese tipo de juegos sociales: elogiando a alguien para ponerlo en un pedestal moral del que no pudiera bajar.
Yara, que creía haberlos convencido al verlos dudar, se dio cuenta de que estas personas eran aún más hipócritas que ella. Se quedó sin argumentos para defenderse.
Desesperada, miró hacia Bernardo, rogándole con la mirada.
—Tío Bernardo...
—No me llames así. Solo tengo una sobrina, y se llama Roxana.
Cualquier rastro de compasión que Bernardo hubiera sentido por ella se esfumó por completo.
Yara tragó saliva y buscó a Mateo, quien hace unos momentos había parecido intervenir a su favor. Su voz sonó pequeña y temerosa.
—¿Mateo?
Las lágrimas se agolparon en sus ojos a punto de derramarse, dándole un aire lastimero y frágil.
Pero Mateo reconoció su teatro al instante. Sus ojos eran tan fríos que carecían de cualquier tipo de calidez.
—Estoy de acuerdo con el tío Bernardo. En la familia Soler no hay lugar para alguien tan egoísta, cobarde y sin principios como tú.
Yara se quedó helada. ¿Egoísta y cobarde?
¡Solo había dicho la verdad! ¿Por qué la llamaban así?
Roxana tenía un montón de Esencia Primordial en su poder y no decía una sola palabra. ¿Acaso no era eso egoísta? ¿No era cobarde?

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