Valeriano asintió con altivez.
Al llegar al segundo piso, el empleado les abrió la puerta de una habitación.
El lugar contaba con un elegante sofá curvo, un minibar y una amplia mesa de centro; era evidente que estaba diseñado para el descanso de los clientes VIP.
Roxana observó hacia los ventanales de piso a techo y notó que había una computadora cerca.
Perfecto para lo que necesitaba.
—¿Les parece bien este espacio? —preguntó el empleado con cautela, añadiendo de inmediato—: Tengan la certeza de que nadie los interrumpirá sin su consentimiento explícito.
Valeriano, captando una mirada cómplice de Roxana, le lanzó una ficha de poco valor a modo de propina.
—Puedes retirarte.
Apenas el hombre cerró la puerta, Roxana encendió la computadora e insertó la memoria USB.
Valeriano se acercó, curioso.
—¿Y bien? ¿La reconoce?
—Esperemos un segundo.
Justo en ese momento, se abrió una ventana emergente del sistema de la USB solicitando un código dinámico.
—¿Acaso Patricio te dio la contraseña? —preguntó él.
Roxana negó con la cabeza.
—No, pero no es problema.
Usó un atajo de teclado para abrir otra ventana, ingresó una serie de comandos y activó un programa de descifrado.
Unos segundos después, la ventana del código dinámico se cerró automáticamente, pero enseguida apareció un sistema de verificación de huella dactilar.
Valeriano comenzó a perder la paciencia.
—¿Ese infeliz de Patricio se está burlando de nosotros? ¿Para qué tantas medidas de seguridad?
—Lo dudo. Él no pondría en riesgo la vida de su hermana.
—Entonces, ¿crees que la huella de acceso sea la de Francisca?
—Es muy probable.
—Llamaré a Leandro para que la suba.
Roxana lo pensó un momento, pero lo detuvo.
—No, mejor dejémosla allá. Bajaremos nosotros. Si ocurre algo, estaremos en mejor posición para reaccionar.

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