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LA DESECHADA MANDA romance Capítulo 1205

Apenas llegaron al primer piso, un ensordecedor rugido de motores invadió el recinto a toda velocidad.

Ambos se detuvieron en seco.

Algunas personas que no lograron reaccionar a tiempo fueron arrolladas brutalmente por las motocicletas que irrumpieron en el casino.

A otros los arrastraron por el suelo bajo las llantas, hasta estrellarse contra las mesas de juego.

El caos estalló en un parpadeo.

Los gritos de dolor y los alaridos de pánico inundaron el salón.

—Sigamos —dijo Roxana, decidida a no perder ni un segundo, y ambos aprovecharon el tumulto para escabullirse.

La seguridad del casino clandestino no estaba de adorno. Al ver que alguien se atrevía a armar un alboroto, los guardias no tardaron en rodearlos.

—¡¿Acaso no saben en qué territorio están pisando?! ¡Venir a hacer un escándalo aquí! ¡Parece que ya se cansaron de vivir!

El hombre que iba a la cabeza se quitó el casco, revelando un rostro curtido y lleno de cicatrices; claramente, alguien peligroso.

—Me importa un carajo de quién sea este lugar. ¿Dónde está la pareja que acaba de entrar? ¡Entréguenlos, o este lugar pasará a ser mío hoy mismo!

El empleado que había atendido a Roxana y Valeriano estaba cerca. Al escucharlo, se dio cuenta de que esos matones venían por ellos.

Sin embargo, no soltó la información de inmediato. En cambio, respondió con frialdad:

—¡Hablas con demasiada arrogancia! ¡Veamos si tienes cómo respaldarlo!

Con un gesto de su mano, más guardias salieron de los pasillos.

Cada uno empuñaba un cuchillo corto y miraba a los motociclistas con máxima alerta.

El líder del grupo invasor ni siquiera se inmutó. Se frotó la cabeza rapada y soltó una carcajada burlona.

—¿De verdad creen que un montón de perdedores como ustedes podrán detenerme?

Al ver su actitud, el empleado gritó:

—¡Ataquen!

¡Los guardias se abalanzaron sobre el motociclista empuñando sus cuchillos!

El hombre saltó de su moto y los recibió con una brutal ráfaga de golpes.

Los guardias no eran rivales para él; en cuestión de segundos, todos terminaron mordiendo el polvo.

Al ver la monstruosa fuerza del recién llegado, los clientes, que hasta entonces vitoreaban la pelea, retrocedieron en completo silencio.

Nadie quería ser la próxima víctima de esa bestia.

El motociclista, balanceando el casco en su mano, dio un vistazo a su alrededor y preguntó con una sonrisa sádica:

—Lo preguntaré de nuevo. ¿Nadie vio a dónde fue la pareja que entró hace un momento?

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