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LA DESECHADA MANDA romance Capítulo 1208

Acogida por el cálido abrazo de Marina, Roxana no intentó separarse. De hecho, una inédita sensación de paz le inundó el pecho.

—Mamá, estoy bien. Ya no llores.

Lejos de calmarse con las palabras de su hija, el llanto de Marina se volvió más desgarrador.

—Prométeme que no volverás a hacer algo así. Ya no soy una jovencita, mi corazón no resiste tantos sustos.

El corazón de Roxana se ablandó de forma inevitable.

—Lo prometo. No volverá a pasar.

Rafael, al comprobar que su pequeña estaba a salvo, sintió que los ojos le escocían. Aunque todavía le temblaba el pulso por el susto, procuró sonar sereno.

—Roxana, desde que tu mamá supo a qué fuiste realmente a Bahía Coral, no ha podido ni sentarse. Esta vez más vale que cumplas tu palabra. Nada de volver a ocultarnos las cosas.

»Tu madre y yo no pedimos riquezas ni poder; solo queremos que estés sana y salva.

Roxana se separó de Marina con suavidad y le dedicó a Rafael una sonrisa llena de dulzura.

—Entendido, papá.

Mateo había estado igual de preocupado, pero al verla regresar ilesa, la tensión abandonó su cuerpo.

De reojo notó que Darío acababa de entrar con Dulce en brazos y preguntó con urgencia:

—Darío, ¿qué le pasó a Dulce?

Su pregunta atrajo la mirada del resto de la familia.

Al ver la escena, Marina y Rafael se sobresaltaron.

—Papá, mamá, Mateo, no se alarmen —se apresuró a decir Darío—. Roxana ya la revisó. Está perfecta, solo le inyectaron un anestésico y aún no despierta.

—¿Un anestésico? —preguntó Marina, frunciendo el ceño—. ¿Por qué alguien le inyectaría algo así sin motivo?

Rafael asintió, igual de intrigado.

—Es cierto. ¿No es eso lo que le ponen a la gente antes de una cirugía?

Un silencio pesado y oscuro se apoderó de la sala.

Sin rodeos, Mateo cuestionó a su hermano:

—Darío, se suponía que Dulce y tú estaban en Veridia. Si viajaron al País M, ¿por qué no vinieron a vernos? ¿Qué hacían metidos en un pozo como Bahía Coral?

—¿Acaso Roxana fue a Bahía Coral por tu culpa? —intervino de pronto Patriciano, asomando la cabeza desde un rincón de la sala.

Roxana ni siquiera se había dado cuenta de que Patriciano estaba ahí. Justo cuando se preguntaba por qué su hermano había estado tan callado, resonó la voz severa de Marina.

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