El castillo donde residía Romy no estaba lejos del Palacio de Platino, a solo unos diez minutos en auto.
Sin embargo, la camioneta de Roxana no podía atravesar los enormes anillos de seguridad para llegar al interior.
Por suerte, Daniel estaba preparado. Sacó unas identificaciones falsas de alta calidad que los acreditaban como jardineros del castillo, logrando infiltrarse con éxito.
—Jefa, el jardín principal está justo adelante. ¿Dónde quieres bajar? ¿Qué necesitas que haga? —preguntó Daniel.
Roxana sacó su teléfono y, en cuestión de segundos, hackeó el sistema de seguridad del castillo de la princesa. Al observar las cámaras, notó que Romy, tras encontrar al médico, no fue directamente a que le vendaran la herida, sino que subió a un estudio en el segundo piso.
Le pareció sumamente extraño.
—Solo dedícate a mantener tu fachada. Nos vemos aquí en quince minutos.
Con esa instrucción, Roxana se bajó y escaló ágilmente hasta colarse por la ventana más cercana.
Daniel, consciente de la prisa, no perdió un segundo. Sacó sus tijeras de podar y comenzó a trabajar en los arbustos.
«Ojalá Julián estuviera aquí. Con él, sería más fácil cubrirle las espaldas a la jefa», pensó.
Una vez dentro, Roxana tomó control remoto de las cámaras para crear puntos ciegos. Evadió a las patrullas de guardias con movimientos fantasmales y se dirigió al segundo piso, yendo directo al estudio más apartado.
Al llegar, notó que la puerta tenía una cerradura digital. Sus ojos se oscurecieron; por lo general, los estudios personales en una residencia familiar no llevan candado, a menos que oculten un gran secreto.
Pegó la oreja a la puerta para asegurarse de que no hubiera ruidos, descifró el código en segundos y empujó la pesada hoja de madera.
Como sospechaba, no había nadie.
Se deslizó hacia adentro y cerró la puerta sin hacer ruido. Comenzó a inspeccionar el lugar.
Había visto claramente por las cámaras que Romy y el médico habían entrado ahí. Si no estaban a la vista, significaba que había una habitación secreta.
Registró la zona rápidamente sin encontrar nada incriminatorio.
De pronto, captó un sonido ahogado, casi imperceptible.
Provenía de detrás de un inmenso librero.
«¿La habitación secreta está aquí?»
Justo cuando extendió la mano para tantear los paneles, sintió que algo andaba mal y se zambulló debajo del macizo escritorio de caoba.
Apenas se había escondido cuando el librero comenzó a moverse.


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