Al escuchar ese nombre, la expresión de Zachary cambió sutilmente.
—Sí, la recuerdo. Cuando era niño, ella me preparaba el almuerzo muchas veces. Una vez, cuando se me rompió el traje para una presentación, ella misma me lo arregló.
Al oírlo hablar de su esposa, la sonrisa en los labios del Conde Aris se desvaneció lentamente, como si todo el peso de un dolor inmenso cayera sobre él.
—Así es. Era una mujer sincera, bondadosa y llena de vida. No solo fue buena contigo, sino con todos a su alrededor. Si alguien necesitaba ayuda, ella no dudaba en tenderle la mano y lo hacía con el corazón abierto. Pero... —Su voz se cortó de golpe. Su mirada, cargada de odio puro, se clavó en cada uno de los presentes, excepto en Zachary—. Cuando ella estuvo en peligro y necesitó ayuda, ustedes, los mismos que se habían beneficiado de su bondad, le dieron la espalda. ¡E incluso usaron la excusa de que manchaba el prestigio de la Familia Real para arrebatarle su medicina en medio de un infarto, viéndola morir sin hacer nada!
El Conde Aris apretó los puños, temblando de ira.
—¡Tienen el corazón tan podrido que ni siquiera tuvieron piedad de una niña de cinco años! Sabían que había heredado la enfermedad cardíaca de Sasha, y a mis espaldas le cambiaron el medicamento. ¡Provocaron que le diera un ataque y se asfixiara, dejándola en estado de coma durante quince años!
Rugió aquellas palabras desde el fondo de su garganta, liberando todo el sufrimiento que había soportado en silencio durante tanto tiempo.
Al escucharlo, los demás miembros de la realeza palidecieron de terror.
—Conde Aris... ¿estás diciendo que Romy está en estado vegetativo? Pero... si está justo aquí, frente a nosotros...
—Je, je, je.
Ante la duda de los presentes, la furia descontrolada del Conde se esfumó de repente, siendo reemplazada por una risa macabra y unos ojos inyectados en sangre.
—Ya que su hora está cerca, no se los ocultaré más. La Romy que tienen enfrente no es la verdadera Princesa Romy. Es solo una doble que usé para engañarlos. Porque solo así creerían que realmente había superado el dolor, y al mismo tiempo, bajarían la guardia conmigo.
Acostumbrados a su semblante siempre amable y educado, verlo en ese estado los llenó de un pavor inexplicable.
—Conde Aris, dejemos el pasado atrás, ¿de acuerdo? Si te has tomado tantas molestias, seguro es porque quieres ser el Rey del País M. ¡No te preocupes, nosotros te apoyaremos!

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