—¿Acaso tengo que pedirle permiso para hacer mi trabajo, señorita Durán? —respondió el Director con tono severo.
Brenda se quedó sin palabras. Sintió que la cara le ardía, no sabía si de rabia o de vergüenza.
Había tratado con él antes y siempre la había tratado bien. Al menos nunca la había humillado de esa manera en público. ¿Acaso esto también era por culpa de Roxana?
Yara notó el mal humor del Director y, sabiamente, cerró la boca.
—El examen empezará en unos minutos. Regresen a sus asientos de inmediato —ordenó él.
No era de extrañar que el Director estuviera de mal humor. Como Director de Disciplina de la universidad, supervisar un examen no era parte de sus obligaciones.
Sin embargo, esa misma mañana, Don Abelardo lo había asignado personalmente a la Clase 1 con una advertencia muy clara: que nadie molestara a Roxana Soler.
Él había pensado que el rector estaba exagerando. Después de todo, los alumnos de la Clase 1 eran la élite de la escuela; no harían algo tan bajo como molestar a una compañera antes de una prueba.
Pero apenas cruzó la puerta, se dio cuenta de su error.
No estaba ciego. Era evidente que Brenda y Yara no estaban teniendo una charla amistosa con Roxana.
Aunque la joven Soler era fría y directa, no había hecho nada para dañar el prestigio de la universidad. ¿Por qué le tenían tanta hostilidad?
Yara sintió cómo el corazón se le encogía al notar la mirada de desaprobación del Director.
Si hubiera sabido que él supervisaría el examen, jamás habría dejado que Brenda provocara a Roxana. Tenía que mantener su imagen impecable frente a todos.
El resto del salón, al ver que incluso Brenda había sido reprendida, guardó silencio absoluto.
El Director colocó el sobre en el escritorio y, antes de abrirlo, notó tres asientos vacíos. Su rostro se oscureció aún más.
—¿Qué significa esto? ¡A esta hora y todavía hay alumnos que no han llegado!
El reglamento de la universidad era muy claro: todos debían estar en el aula cinco minutos antes del examen.
Estos estudiantes se creían intocables solo por sus buenas notas. ¡Era el colmo!
Con razón Don Abelardo lo había mandado a él; estos chicos mimados necesitaban mano dura.
—¡Sí, sí, eso mismo digo yo!
Un poco de adulación siempre funciona. La expresión severa del Director se suavizó.
Ese chico sabía cómo hablar.
—Las reglas dicen claramente que deben llegar cinco minutos antes. ¿Por qué llegan tarde?
Caleb miró el reloj de la pared y explicó con calma:
—Estuvimos trabajando en un experimento muy importante hasta las cinco de la mañana. No escuchamos la alarma y por eso llegamos dos minutos tarde.
El Director recordó que Don Abelardo había estado buscando un laboratorio para ellos hace un par de semanas. Pensando que trabajaban para el rector, se aclaró la garganta.
—Siendo así, lo dejaré pasar esta vez. Pero a la próxima tendrán un reporte.
—¡Sí, señor! ¡Muchas gracias, Director! —Braulio asintió sin parar y arrastró a Ramiro hacia sus asientos.

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