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LA DESECHADA MANDA romance Capítulo 160

Al dejar a Roxana frente a su residencia, León no pudo ocultar su sorpresa.

Ese complejo de apartamentos estaba reservado exclusivamente para aquellos que habían hecho contribuciones extraordinarias a la universidad. Por lo general, solo los diez mejores estudiantes de todo el campus tenían acceso. Ni él mismo tenía el privilegio de vivir allí. ¿Cómo era posible que una novata tuviera un apartamento asignado?

Sin embargo, recordando la protección que Don Abelardo le brindaba, todo tuvo sentido.

Con las habilidades de su jefa, era natural que gozara de ciertos privilegios.

Antes de irse, le dio una última mirada al lujoso edificio.

«¡Algún día viviré aquí también!»

En la cafetería.

Después de que Roxana y León le arruinaran el apetito, Yara dejó la comida casi intacta y salió arrastrando los pies.

Para su suerte, apenas cruzó la puerta se encontró con Marco Sarmiento, quien parecía estar de excelente humor.

—¡Yara! Qué coincidencia encontrarte aquí.

Los ojos de Yara, hasta entonces sombríos, brillaron ligeramente. Se compuso y forzó una sonrisa.

—Sí, qué casualidad.

Al notar que estaba desanimada, Marco se preocupó de inmediato.

—Yara, ¿qué te pasa? ¿Alguien te hizo algo malo?

Era justo lo que ella quería escuchar. Suspiró con dramatismo.

—No es nada... Ya estoy acostumbrada.

Marco captó la tristeza en su voz y se alteró.

—¡¿Qué pasó?! ¡Dime quién fue y te juro que no lo dejaré en paz!

Yara negó con la cabeza, luciendo como una víctima perfecta.

—Gracias por preocuparte, pero no es la primera vez que mi hermana se ensaña conmigo. Estoy bien, de verdad. Tienes tu examen esta tarde y además está esa apuesta. No quiero que te distraigas por mi culpa... Caminaré un poco para despejar la mente, estaré bien.

Al escuchar el nombre de Roxana, Marco apretó los dientes, furioso.

—¡Otra vez ella! No le bastó con humillarme, ¡ahora también se mete contigo! ¡Yara, no te preocupes, yo me encargaré de ponerla en su lugar!

Yara siguió negando.

—Déjalo así. Fue muy difícil calmar el escándalo que tuviste con ella la última vez. Si vuelves a causar problemas, el rector no te lo perdonará.

Ver que Yara seguía preocupándose por él conmovió profundamente a Marco.

—Admito que no manejé bien las cosas la vez pasada, pero te juro que esta vez no te decepcionaré. Tengo la victoria de la apuesta asegurada. Cuando gane, Roxana no tendrá cara para quedarse en la universidad, y una vez que se largue, ¡nadie volverá a hacerte llorar!

Los ojos de Yara se iluminaron.

—¿De verdad?

¿Realmente tenía una carta bajo la manga para ganar?

Marco asintió con una confianza absoluta, aunque no quiso darle los detalles.

Una sonrisa genuina de alivio se dibujó en los labios de Yara.

Esperaba que, esta vez, Marco no fuera un completo inútil.

***

—¡Maldita sea! —rugió, azotando el teléfono contra su lujoso escritorio de caoba.

Su asistente, sin entender qué pasaba, se sobresaltó y preguntó con cautela:

—Señor Maldonado, si la otra persona no contesta, podemos intentar desde otras líneas...

—¡No hace falta! ¡Desgraciada! ¡¿Acaso cree que le voy a rogar?! —maldijo Ricardo, haciendo un gesto para que el asistente se largara.

El empleado salió apresurado y cerró la puerta.

Ricardo intentó llamar de nuevo a su cliente potencial más grande, pero el teléfono seguía sonando sin respuesta.

Había conseguido el contacto de ese hombre a través de un antiguo socio. Desesperado, abrió un cajón y empezó a rebuscar entre sus tarjeteros.

Finalmente, encontró una elegante tarjeta negra. En letras doradas decía "Gerente de Modas Estelares", y en el centro se leía un nombre: Señor Vargas.

Ricardo respiró profundo y marcó.

Su corazón latía a mil por hora mientras escuchaba el tono de llamada. Apretó el bolígrafo con fuerza.

Al fin, alguien contestó.

—¿Bueno? ¿Quién habla?

Al escuchar la voz, el rostro de Ricardo se iluminó de pura alegría y se apresuró a presentarse.

—¡Señor Vargas, qué gusto saludarlo! Soy Ricardo Maldonado, del Grupo Maldonado. Lamento mucho la interrupción, verá, quería pedirle un pequeño favor...

—Disculpe, estoy muy ocupado. Que tenga buen día.

Al escuchar que el señor Vargas estaba a punto de colgar, el pánico invadió a Ricardo, y gritó desesperado hacia la bocina.

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