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LA DESECHADA MANDA romance Capítulo 746

Humillada por las palabras de Roxana, Luisa golpeó salvajemente los reposabrazos de su silla de ruedas.

—¡Roxana Soler! ¡Soy tu tía, no te atrevas a compararme con un perro! ¡Eres una salvaje que no respeta a sus mayores! ¡Marina, mira cómo se atreve a hablarme! Si no le enseñas modales, ¡la gente dirá que la familia Soler cría salvajes sin educación!

Marina soltó una carcajada cargada de desprecio.

—¿Y acaso tu comportamiento refleja mucha educación? Mi hija simplemente te está tratando con el mismo respeto que tú ofreces. Me parece de lo más justo.

Al ver que su madre estaba perdiendo terreno, Elba intentó intervenir, pero antes de que pudiera pronunciar una palabra, Mateo se puso de pie de golpe.

Si de por sí era un hombre alto, al erguirse, su imponente figura proyectó una sombra aplastante sobre madre e hija, sofocándolas con su sola presencia.

—¡La casa de los Soler no es un lugar donde puedan venir a ladrar! —sentenció Mateo con voz de acero—. Ya que no tienen el más mínimo sentido de pertenencia a esta familia, ni nos tratan como a los suyos, entonces no hay nada más que discutir.

Al notar que las palabras de su sobrino eran un claro corte de lazos, Luisa, aunque hervía de rabia por dentro, se apresuró a adoptar un tono lastimero.

—Mateo... ¡soy tu tía! ¿Ya olvidaste todo el tiempo que pasé contigo cuando eras niño? Tus modelos a escala favoritos, los bloques de construcción... ¡yo te los compré! Ahora que eres el jefe, ¿vas a darle la espalda a tu propia tía?

Elba quiso suplicar también, pero al toparse con el aura asesina de Mateo, se quedó petrificada. No se atrevió a soltar ni un solo sonido.

A un lado, Yara tampoco abrió la boca.

Su hermano mayor rara vez perdía los estribos, pero cuando lo hacía, nadie en su sano juicio se atrevía a contradecirlo.

—Es cierto que fuiste buena conmigo en el pasado, tía. Pero eso no te da derecho a conspirar contra los Soler —respondió Mateo sin una pizca de compasión—. Haremos exactamente lo que dijo mi madre. En dos días, convocaré a la junta directiva y expondré todo esto frente a los accionistas. Mandaré que envíen todas estas facturas a la familia Llorens, y los asuntos legales seguirán el protocolo de la empresa.

Sin darle oportunidad de réplica a Luisa, Mateo les hizo una señal a los sirvientes para que las echaran.

—¡No! ¡No me iré! —chilló Luisa, forcejeando contra el mayordomo que se acercaba a su silla—. ¡Esta es la casa de mi hermano, lo que significa que es mi casa! ¡¿Con qué derecho me echan?! ¡Él me dijo que siempre tendría las puertas abiertas! ¡Ninguno de ustedes puede sacarme!

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