—Marina, mi amor, ¿por qué hay tan poca gente en casa esta noche? ¿Dónde están el mayordomo y Agustina? ¿Les pediste que hicieran algo fuera de la casa?
Don Rafael no pudo evitar preguntar apenas se sentó en la sala.
Roxana había subido a su habitación a cambiarse de ropa, así que solo Marina y Mateo estaban presentes.
Al escuchar la pregunta de su esposo, Marina lo miró con una frialdad cortante.
—¿Qué pasa? ¿Acaso ya no tengo derecho a tomar decisiones en mi propia casa?
Rafael se sintió como si le hubieran dado una bofetada. De inmediato, desvió la mirada hacia su hijo mayor, exigiendo una explicación silenciosa.
Sabiendo que su madre aún hervía de indignación, Mateo intervino con calma.
—Papá, el mayordomo fue a la residencia de la familia Llorens para escoltar a la tía Luisa y a su hija. Doña Agustina no está porque la envié a Villa Las Fragancias para que atienda a Yara.
Dos frases cortas, pero cargadas de información explosiva.
Rafael entendió al instante que algo grave había sucedido y se apresuró a calmar a su esposa.
—Marina, por Dios, eres mi esposa. ¡Por supuesto que tú mandas en esta casa! Si alguien se atreve a cuestionarte, yo mismo lo pondré en su lugar. Pero esta noche está Valeriano con nosotros, no hagamos que un invitado nos vea discutir.
Darío, al escuchar que Luisa y su prima habían pasado por ahí, supuso de inmediato que su madre estaba enfadada por culpa de ellas. Evitó mirarla a los ojos y le susurró a su hermano mayor:
—Mateo, ¿no se suponía que Villa Las Fragancias aún no estaba limpia? ¿Por qué la prisa de Yara por mudarse hoy mismo?
Mateo le lanzó una mirada que congelaba la sangre. Por lo general, su hermano menor era perspicaz e inteligente. ¿Por qué se volvía tan obtuso cuando se trataba de Yara?
—¿De verdad no puedes deducirlo?
Darío había estado viviendo en una burbuja de felicidad últimamente, inmerso en la emoción de haber recuperado a su querida Dulce. Su vida era miel sobre hojuelas.
Pero la mirada de desdén de su hermano lo hizo encogerse de inmediato.

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