Yara se quedó helada por un momento.
Al notar el rostro severo de Caleb, decidió dar una respuesta ambigua.
—La verdad no sabría decirte, a mí nunca me ha pasado algo así... pero yo diría que es un rumor, la profesora Lidia nunca hace cosas tan exageradas.
Siempre y cuando Lidia no la tratara así a ella, ¿qué le importaba lo que le pasara al resto?
Además, ahora que Lidia estaba enfrentada a Roxana, le venía de maravilla. Mientras más le hiciera la vida imposible, mejor.
Por eso agregó lo último, tratando de despistar a Caleb.
Sin embargo, Caleb no se dejó influenciar y se dirigió a los demás:
—¿Ustedes lo han visto?
La mayoría negó con la cabeza con expresión de confusión.
Ellos solían estar metidos en clases o en el laboratorio, no tenían tiempo de fijarse en lo que hacía Lidia Ariza.
Al escuchar las quejas de los demás, sintieron que la cara les ardía por la incomodidad.
Como eran sus propios estudiantes, les costaba criticarla, pero eso no significaba que estuvieran de acuerdo con ella.
—Caleb, hay muchos alumnos diciendo lo mismo... Puede que la profesora Lidia, bueno, a veces haga las cosas mal.
—Sí, pero en el salón nunca se porta así.
—¿Por qué no seguimos mirando?
A Caleb le pareció sensato y volvió su atención a la transmisión en vivo.
Yara sintió cómo su ego se desinflaba. Acostumbrada a que todos le dieran la razón, esta vez notó cómo le llevaban la contraria. Sentía como si una aguja invisible le estuviera pinchando, casi desarmando su máscara de amabilidad.
Respiró hondo y se repitió a sí misma que todo esto pronto llegaría a su fin.
¡Apostaba lo que fuera a que Roxana no pasaría el examen!
Ahora todo quedaba en manos de Marco Sarmiento.
Dentro del aula de examen.
Al ver que no decía nada, Lidia se volvió aún más arrogante.
—¡Profesor Javier, es increíble el estudiante que ha formado! ¡Aprendió a la perfección de usted y domina el arte de poner a los demás en aprietos!
Javier sabía que su posición era delicada, por lo que, a pesar de estar seguro de que Silvano estaba siendo injustamente atacado, había preferido no intervenir.
Pero Lidia estaba cruzando todos los límites. Aunque sabía que no debía hablar, no pudo contenerse más.
—¡Profesora Lidia, cuide sus palabras! Esta es la evaluación de ingreso a la Academia de Élite, no un debate personal para atacar a los demás. ¡Contrólese!
El director miró inmediatamente a Don Abelardo.
Don Abelardo mantenía su habitual expresión severa, pero tenía los labios apretados. El director sabía que ese era el aviso de que el rector estaba a punto de estallar de furia.
Rápidamente reprendió a Lidia.
—¿Ha perdido el juicio, profesora Lidia? ¡¿Ya no sabe qué palabras son apropiadas y cuáles no?!
Los estudiantes del primer piso sabían que Lidia era altanera, pero no imaginaban que se atreviera a humillar a otro profesor de esa manera.

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