Los demás no conocían a fondo «El Manantial de las Nubes», pero todos habían escuchado rumores de que el padrino de la música, el Maestro Ezequiel, había compuesto una nueva melodía hace poco.
El único detalle era que el nivel de dificultad era un auténtico infierno; al punto de que ni siquiera el propio Maestro lograba interpretar la atmósfera exacta que la pieza requería.
Por eso, apenas terminó de escribirla, «El Manantial de las Nubes» quedó archivada.
Muchos músicos jóvenes quisieron intentarlo, generando incluso un movimiento en internet para aceptar el reto de tocar la nueva canción del Maestro.
Por supuesto, todos y cada uno de ellos fracasaron estrepitosamente.
Y ahora, ver a Roxana ofrecerse de manera voluntaria a enfrentarla, demostrando tal nivel de confianza como para creerse capaz de superar al Maestro Ezequiel, hizo que todos los presentes la miraran con expresiones muy complejas.
—Ximena, ¿tú crees que Roxana pueda lograrlo? —preguntó Camila Yáñez, mirando a la figura inquebrantable de Roxana sentada frente al instrumento. Sin darse cuenta, una chispa de esperanza se encendió en su pecho.
Ximena Torres no estaba nada segura.
Sin embargo, la serenidad absoluta de Roxana la invitaba a querer creer que un milagro era posible.
—La verdad, no lo sé... ¡Mejor veamos qué pasa!
Brenda se quedó esperando a que todos comenzaran a burlarse de Roxana por su arrogancia, pero al ver que nadie lo hizo, la frustración la carcomió por dentro y decidió encender la mecha ella misma.
—Caleb, recuerdo que tú también viste la partitura de «El Manantial de las Nubes». En aquel entonces dijiste que era la melodía tradicional más difícil que jamás se había compuesto. ¿De verdad crees que Roxana sea capaz de tocarla completa?
El rostro de Caleb se cubrió de una escarcha glacial. Le respondió con evidente fastidio:
—¿Te puedes callar un segundo?
Brenda jamás imaginó que él la trataría así. Su cara ardió de humillación.
Apretó los dientes con furia y le sumó esa humillación a la cuenta pendiente que tenía con Roxana, haciendo que su odio por ella fuera aún más profundo.
En el segundo piso.
Ni las dudas de los profesores, ni la mirada de burla de Yara lograron que la expresión de Roxana vacilara ni por un segundo.
Sus dedos finos ajustaron con maestría un par de cuerdas y tocó un par de notas de prueba. Tras confirmar que todo estaba en orden, habló con total calma:
—Señores jueces, estoy lista.
Don Abelardo estaba que saltaba de alegría por dentro.
Su pequeña tenía un conocimiento musical abrumador, y su técnica era inigualable.
La última vez que tuvo el privilegio de escucharla tocar fue en un concierto nacional, que, casualmente, resultó ser su última aparición pública.
Pensó que en esta vida no tendría la dicha de volver a escucharla, pero el destino le había sonreído, permitiéndole no solo disfrutar de su música nuevamente, ¡sino a escasos metros de distancia!
Reprimió su euforia, acomodó su postura para lucir lo más formal posible, y dijo con voz profunda y solemne:
—Muy bien, puede comenzar.

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