La vestimenta que llevaba Roxana ese día era extremadamente sencilla; solo unos pantalones caqui y una camisa blanca que contrastaban escandalosamente con los trajes de diseñador del resto de los invitados. A simple vista, era evidente que no formaba parte de la lista oficial, y por eso Alcira se atrevió a atacarla de esa forma.
Roxana la observó de arriba a abajo.
A diferencia del aspecto ostentoso y sin gusto que había llevado la última vez, Alcira lucía ahora un hermoso vestido largo azul de corte sirena. Era una pieza de la nueva colección de Maison Milán.
Hacía muy poco que ella misma le había enviado los bocetos a Paula Rossi. No esperaba que la colección saliera al mercado tan rápido, y mucho menos que terminara vistiendo a alguien como ella.
Aunque el vestido disimulaba a la perfección los defectos en la figura de Alcira, desentonaba por completo con su actitud arrogante y vulgar.
Un verdadero desperdicio de tela.
—¿Acaso esto es tuyo? —preguntó Roxana con calma—. Que yo sepa, tú no te apellidas Sandoval.
El rostro de Alcira se tensó, y su tono se volvió aún más agresivo.
—¿Y qué importa si no es mi casa? Al menos yo soy una invitada oficial, ¿y tú? ¿Tú qué te crees que eres?
Estás aquí metida a escondidas y todavía te atreves a ser insolente. ¡Esto no es la casa de los Maldonado, por mucho que quieras fingir valentía no te servirá de nada! ¿Quieres ver cómo llamo ahora mismo a la seguridad para que te saquen a patadas?
Aunque la ropa de Roxana parecía común, en realidad era un diseño exclusivo de Maison Milán. Cualquiera que fuera al menos un miembro VIP de segundo nivel de la marca habría sido capaz de reconocerlo.
Sin embargo, a veces Roxana realmente admiraba la perseverancia de Alcira. Tenía un desastre de vida por resolver, y aun así le sobraba energía para buscarle problemas a ella.
Con total indiferencia, Roxana respondió:
—Llámalos, quiero verte intentarlo.
Alcira: «¿¿??»
Roxana estaba completamente relajada.
En primer lugar, su hermano Darío estaba en el evento, lo que significaba que los Sandoval habían invitado a la familia Soler. Y en segundo lugar, incluso si no tuviera invitación, Valeriano jamás permitiría que alguien la echara.
Al notar que Roxana no mostraba ni una pizca de miedo, las alarmas de Alcira comenzaron a sonar.
Si Roxana podía pasearse por ahí con tanta seguridad, significaba que no temía ser descubierta.

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