Antes de que Ricardo pudiera recuperar el aliento, el empleado al otro lado de la línea soltó una bomba aún más destructiva.
—¡Señor Maldonado, no solo es el Grupo Sandoval! Por alguna razón inexplicable, la familia Soler también emitió una advertencia: cualquier empresa que decida hacer negocios con nosotros o ayudarnos a escondidas, será considerada enemiga pública de los Soler.
El mundo se oscureció frente a los ojos de Ricardo. Perdió el equilibrio y estuvo a punto de desplomarse.
—¡Señor Maldonado! —Cristián reaccionó a tiempo y lo sostuvo por los brazos.
Ricardo sintió un sabor metálico en la garganta, pero tragó saliva y reprimió la náusea con pura fuerza de voluntad. Sin siquiera dirigirse a Cristián, le gritó al empleado:
—¡No me importa lo que tengas que hacer! ¡Controla a la prensa y haz lo que sea necesario para salvar la imagen de la empresa!
Colgó el teléfono lleno de furia. Si los Sandoval sacaban un comunicado, tenía sentido por los pleitos pasados. Pero, ¿por qué demonios la familia Soler tenía que meterse?
Por muy talentosa que fuera Roxana, no era más que una desconocida para ellos. ¿Por qué los Soler estarían tan obsesionados con arruinar a los Maldonado por ella?
De pronto, un pensamiento cruzó por su mente. «Roxana Soler... la familia Soler... ¿será la misma sangre?»
Pero lo descartó al instante. Si Roxana fuera verdaderamente la hija perdida de esa poderosa familia, ¿por qué no habían hecho ningún anuncio público hasta ahora? La noche de la gala, la pareja de los Soler la había tratado con cortesía, pero de forma distante, sin la calidez evidente de unos padres recuperando a su hija biológica.
Además, se sabía que los Soler tenían tres hijos varones y anoche solo apareció Darío. Los otros dos brillaron por su ausencia.
Y estaba el tema de Yara Soler, la actual heredera. Si Roxana fuera la verdadera hija, ¿cómo era posible que Yara, sin lazos de sangre, siguiera ocupando su lugar en la mansión?
Todas las pistas indicaban que era imposible que Roxana fuera una Soler. Tenía que ser solo una desafortunada coincidencia.
—Señor Maldonado, está muy pálido. ¿Hubo algún problema grave en la empresa? —preguntó Cristián con una preocupación a medias.
Recientemente, su propia empresa apenas había logrado sacudirse una crisis de relaciones públicas, y su estatus como heredero estuvo a punto de ser revocado por su abuelo. En un momento tan crítico, si la familia Maldonado se hundía, él tendría que tomar una prudente distancia.

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