Roxana asintió con absoluta seriedad.
—Sí.
Como su doctora, no solo lo esperaría a que despertara, sino hasta que estuviera completamente curado.
Al notar lo rápido que respondió, Valeriano supo que ella no había captado el verdadero significado de sus palabras, pero no añadió nada más.
Sus labios, desprovistos de color, esbozaron una leve sonrisa.
—De acuerdo. Recuerda que me lo prometiste.
Roxana asintió rápidamente y le indicó a Thiago que administrara la anestesia.
Ella se dirigió a preparar la Hierba Ígnea de Sangre y el Hongo de Vida Eterna.
Tras inyectar el sedante, Thiago comenzó a organizar el instrumental quirúrgico. Al revisar los monitores, notó que los signos vitales de Valeriano apenas se mantenían estables.
Estaba muy preocupado. Dudaba que Valeriano pudiera resistir hasta el final del procedimiento.
Estaba a punto de consultar con Roxana cuando escuchó una voz emocionada desde la puerta.
—Señorita Roxana, ¿en qué puedo ser útil?
Al girarse, vio al respetado Doctor Lorenzo, a quien la familia Sandoval le pagaba una fortuna para cuidar la salud de la Matriarca Beatriz, entrando con un traje quirúrgico estéril y un tono casi servil hacia Roxana.
Roxana no se inmutó y le extendió los frascos.
—Mezcle estos medicamentos en una proporción de tres a dos. La concentración debe mantenerse entre el quince y el dieciséis por ciento. Ni un grado más, es vital.
Lorenzo reconoció de inmediato los ingredientes extremadamente raros. Asintió, eufórico.
Luisa acababa de lanzar su ataque histérico cuando Elba le hizo eco.
—¡Exacto! ¿Acaso no sabríamos si nos envenenaron o no? Antes de llegar aquí, ambas sufrimos unos cólicos insoportables y nunca antes habíamos tenido problemas estomacales. Además, nos lo dijeron en la cara: nos dieron veneno. ¡Es imposible que sea mentira! ¡Ustedes son unos incompetentes!
El médico encargado, que hasta ese momento había tratado de mantener la calma, perdió la paciencia ante las acusaciones sobre su profesionalismo y sus equipos.
—Por favor, dejen de difamar al hospital. Las máquinas que utilizamos son de última generación. No difundan rumores absurdos. Además, ya les realizamos dos estudios exhaustivos y no hay rastros de toxinas en sus cuerpos.
—¡Usted es solo un médico de turno, qué va a saber! ¡Hay miles de venenos que alguien de su nivel ni siquiera conoce! ¡Traiga al mejor especialista de este lugar ahora mismo o les destruyo el hospital!
Luisa hablaba con una soberbia desmedida, sin importarle el resto de los pacientes ni el daño que sus palabras pudieran causarle a la reputación del lugar.
Al escucharla, los familiares de otros pacientes que ya estaban impacientes, también empezaron a alborotarse y a reclamar.

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