—¡Dios mío! ¡Es el Señor Andrés Blanco!
—¡No puede ser! ¡Pellízquenme! ¡El gigante, el pionero absoluto de la inteligencia artificial en el país está aquí, en nuestra universidad!
—¡Ahhhh! ¡Es mi ídolo desde la secundaria! ¡Por él nuestra industria tecnológica no se estancó! ¡Él fue quien liberó sus patentes para que todos las usaran e hizo avanzar el desarrollo de la IA una década entera!
—¡Yo también! ¡Jamás en mi vida pensé que lo vería en persona! ¡Quiero llorar!
—Al ver al Señor Blanco aquí, por fin entiendo lo que acaba de decir el rector. ¡Somos tan ignorantes que nos negamos a creer que personas legendarias puedan estar entre nosotros! Por eso creímos que el éxito de Roxana era falso y no puro talento.
—¡Qué vergüenza! Yo estuve en el auditorio cuando Roxana tocó «Alondra». Su música me dejó sin aliento, ¡y aun así me dejé llevar por este chisme barato dudando de su integridad!
Las víboras que intentaron hundir a Roxana nunca imaginaron que su plan se iría directo por el retrete.
Miraron incrédulas al hombre de mediana edad que había desatado tanta locura entre los estudiantes de ingeniería y programación. Tenía el pelo entrecano y parecía un don nadie. Cierto, tenía un aura tranquila y digna, pero no se veía como los típicos multimillonarios que llegaban con trajes de diseñador y ejércitos de guardaespaldas.
Algunos notaron sus dudas y no tardaron en ponerlas en su lugar.
—¡Oigan, fíjense en la camioneta de la que se bajó! ¡Es un vehículo oficial de nivel estatal! ¡Cristales y blindaje militar de máxima seguridad!
—¡Sí, miren esas placas oficiales del gobierno! ¡Solo con llegar, hasta el alcalde de Puerto Esperanza tendría que salir a recibirlo!
—¡La única vez que lo vi fue el día que Don Abelardo llegó a la universidad! ¡No puedo creer que el Señor Blanco sea un alto funcionario con el respaldo del Estado!
—¡Por supuesto! Para que un talento como él regresara al país, el gobierno invirtió muchísimo. ¡Sería un desperdicio no darle un puesto intocable!

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