—Sí, yo también pensé que era rarísimo en su momento. Además, la Jefa siempre ha sido inalcanzable, como una reina de hielo. Jamás dejaba que un hombre se le acercara. Incluso a Julián le tomó cinco años ganarse su confianza. ¡Pero el Soberano de la Alianza Ígnea la trajo abrazada en la moto! ¡Dios mío! Ahora la pregunta es, ¿quién va a mandar sobre quién en esta alianza?
—Buen punto. Y los enemigos de esta isla no son cualquier cosa. La Alianza Ígnea nos pidió unir fuerzas, pero hasta ahora apenas han compartido información con nosotros.
Al escuchar todo eso, Daniel sintió que se le acababa la paciencia.
—¡¿De qué demonios están hablando?! ¡Por supuesto que la Alianza Ígnea estará bajo nuestras órdenes!
»¡Nuestra jefa es la mejor de todos! ¡No vamos a permitir que ese sujeto se crea con derecho a darnos órdenes solo porque tiene algún tipo de interés en ella! ¿Saben lo difícil que es conseguir esposa hoy en día? Nosotros somos la familia de la Jefa, y como tal, tenemos que demostrar autoridad. ¡No dejaremos que ningún hombre la someta ni la controle!
Al escuchar el encendido discurso de Daniel, los ánimos de los hombres se encendieron.
—¡Exacto! Nuestra Jefa no tiene nada que envidiarle a ese Soberano. Tenemos que asegurarnos de proteger su orgullo y dejar clara nuestra superioridad.
Curiosamente, en el campamento contiguo se gestaba una discusión casi idéntica.
Los hombres de la Alianza Ígnea, mortificados al ver a su todo poderoso líder regresando como paquete en la motocicleta de una joven, sintieron la imperiosa necesidad de lavar su honor.
Pero cómo recuperar ese dominio era el verdadero dilema.
Pronto, a uno de los escoltas se le ocurrió una idea.
—Oigan, ¿no estamos a punto de entrar a una reunión conjunta? En nuestras costumbres, el lado izquierdo siempre ha sido el asiento de poder. Lo que tenemos que hacer es entrar primero y apropiarnos de las sillas del lado izquierdo. ¡De esa manera, el Soberano tendrá la autoridad principal y dejaremos al Gremio Lobo Sangriento en segundo plano!
—¡Gran idea!
Zacarías, el segundo al mando de la Alianza Ígnea, vio salir a Leandro de una de las carpas y se apresuró a pedirle su opinión.
—Señor Leandro, ¿usted qué opina de nuestra estrategia?
Leandro, que acababa de darse una ducha y vestía ropa limpia, se quedó en blanco.
No le parecía una gran idea. Pero al recordar lo inseguro y celoso que había estado su jefe últimamente por la situación con la muchacha, pensó que quizá un poco de competencia territorial no le vendría mal.
—Hagan lo que consideren mejor. Yo iré a la reunión más tarde.
Podían ir ellos a hacer el ridículo, pero él no pensaba asomarse. Si lo hacía, Valeriano le cobraría con sangre cada error.
Cinco minutos después.
Los hombres de ambas organizaciones, liderados por Daniel y Zacarías respectivamente, llegaron a la entrada de la carpa principal exactamente al mismo tiempo.
Al verse las caras, chispas de rivalidad estallaron en el aire.

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