Cuando Leandro se asomó por la ventana dando traspiés, vio que Valeriano no había caído al suelo, sino que había amortiguado su caída en el techo de otra cabaña antes de sentarse a horcajadas en la parte trasera de la motocicleta.
Leandro soltó un suspiro de alivio; al fin alguien había venido a rescatar a su jefe.
Pero su alivio duró un segundo antes de recordar su propia situación.
—¡Señor Sandoval, falto yo! ¡Sigo atrapado aquí!
Valeriano ya estaba acomodado en el asiento de la motocicleta, y sus manos rodearon con naturalidad la cintura de la mujer frente a él. Cerró los ojos, satisfecho.
—Roxana, ¿viniste a robarte al novio en plena boda?
Roxana sintió el calor de su cuerpo contra su espalda. Se tensó por un segundo, pero se relajó rápidamente.
Se levantó la visera del casco y le dedicó una sonrisa por encima del hombro.
—¿Acaso no fue eso lo que me pediste anoche en tu mensaje oculto?
La noche anterior, tras desencriptar su señal de GPS, ella había hallado un mensaje que solo contenía una línea.
[Roxana, ven rápido a rescatarme, o perderé mi pureza.]
Ni en un millón de años se hubiera imaginado recibir algo tan surrealista.
Pero el culpable de aquello ni siquiera se inmutó.
—Todo lo que dije era cierto, y te estuve esperando todo el tiempo.
—Entonces, saltaste de la ventana porque sabías que era yo. ¿No te daba miedo equivocarte?
Valeriano se acercó aún más, hasta que pudo ver su propio reflejo en los ojos cristalinos de Roxana.
—Jamás podría confundirte con nadie más, Roxana.
Estaban tan cerca que sus respiraciones se mezclaban. En sus miradas cruzadas latía una tensión profunda y romántica, lista para estallar.
Pero el grito desesperado de Leandro rompió el encanto.
Roxana bajó la visera rápidamente y le gritó hacia arriba:
—¡Leandro, muévete o te quedarás atrás!
Dicho esto, el motor de la motocicleta volvió a rugir.
Los nativos finalmente salieron del trance provocado por la intrusa y comprendieron que estaban bajo ataque.
De pronto, alguien emitió un poderoso grito de guerra.
Los guerreros, armados con lanzas y cuchillos rústicos, se abalanzaron sobre ellos con furia asesina.
Roxana aceleró a fondo, maniobrando la pesada motocicleta con una agilidad impresionante y esquivando los ataques de la multitud.
Al ver que sus presas se les escapaban, los nativos rugieron de ira y atacaron con más violencia.


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