Los dos empleados, por supuesto, no cedieron.
—Por favor, guarde silencio, o de lo contrario tendremos que pedirle que se retire.
Ricardo Maldonado ya había soportado suficientes miradas frías y burlas en el último tiempo, pero al menos esas personas eran directores de empresas.
¿Pero estos dos quiénes se creían que eran?
¡Solo eran un par de oficinistas que vivían de un sueldo, y se atrevían a amenazarlo así!
Estalló en furia, levantó el puño y golpeó a uno de ellos en la cara.
El empleado, tras recibir el impacto, no dudó en devolverle el golpe.
Ricardo no esperaba que el otro reaccionara tan rápido. El puñetazo le dio justo en el ojo, haciéndolo gritar de dolor.
El alboroto, naturalmente, alertó a las personas dentro de la sala de conferencias.
Roxana le pidió a Julián que saliera a revisar.
Julián se levantó y salió con las manos en los bolsillos.
Desde lejos, vio a los tres forcejeando.
Al acercarse y darse cuenta de que era Ricardo Maldonado quien estaba recibiendo la paliza, no pudo evitar sonreír divertido.
—Ya es suficiente. Después de todo, el señor Maldonado sigue siendo el presidente del Consorcio Maldonado. ¡Si lo golpean así, podrían ganarse una demanda!
Sus palabras sonaban a reprimenda, pero en realidad estaban cargadas de sarcasmo.
Ricardo, cubriéndose el ojo izquierdo y con la ropa desaliñada, se puso de pie. Lo miró con una mezcla de vergüenza y rabia.
—Director Julián, somos socios desde hace años. Ahora que enfrento un pequeño problema, no solo me evita, sino que permite que estos dos me golpeen. ¡Si esto se sabe, ¿quién más se atreverá a trabajar con M&R Global?!
Julián captó la amenaza, se frotó la punta de la nariz y volvió a sonreír.


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