Yara vio las evidencias con sus propios ojos, pero en su desesperación por lucir magnánima y amable ante el Señor Blanco y el rector, alzó la voz:
—Roxana... Yo sé que las chicas se equivocaron feo, pero no parece que estén mintiendo. Quizás de verdad todo es un malentendido. ¿Por qué no dejamos que la escuela las castigue de forma más leve y cerramos este capítulo?
Las acusadas, al ver que Yara las defendía, le agradecieron entre lágrimas.
—¡Ay, Yara! Gracias por creernos. ¡De verdad que ya no sabíamos qué hacer!
Yara sonrió con dulzura.
—No tienen qué agradecer. Solo trato de ser justa. A fin de cuentas somos compañeras de escuela. Si llevamos las cosas al extremo, mancharemos el nombre de la universidad.
La imagen de Yara como la chica más noble de la institución era inquebrantable, y al escucharla, algunos estudiantes que estaban callados empezaron a pedir que Roxana dejara el asunto por la paz.
Don Abelardo y Andrés Blanco fruncieron el ceño con disgusto al ver la actitud de los jóvenes.
Pero los estudiantes ni se inmutaron.
Roxana, viendo cómo querían quemarla en la hoguera moral, se encogió de hombros con aburrimiento.
—¿Quieren saber si es falso? Pues traigan a Braulio de la Clase Élite 1. Es el mejor hacker y genio informático de toda la universidad. Un truco barato como este no se le va a escapar.
Las chicas volvieron a empalidecer.
A la multitud le pareció una excelente idea y estaban a punto de mandar a buscarlo.
—No hace falta que me busquen. Ya estoy aquí.
Braulio llevaba un rato viendo el espectáculo. Cuando escuchó que dudaban de las evidencias de Roxana, ya estaba a punto de saltar a defenderla. ¡Y al escucharla mencionar su nombre, dio un paso al frente sin dudarlo!
Sin rodeos ni tacto, explicó término por término la veracidad del archivo informático, concluyendo de forma tajante que las pruebas eran reales. Las chicas eran culpables.
Como el estudiante número uno en tecnología, Braulio ya tenía ofertas de empleo de gigantes tecnológicos en el extranjero antes de graduarse. Nadie en la universidad se atrevía a cuestionar sus veredictos informáticos.
Pero a Roxana no se le movió ni un pelo. Llamó a Sonia, su representante de confianza, para que hablara con los abogados. Redactaron los comunicados oficiales, enviaron las cartas de advertencia legal y llamaron a la policía. Un servicio completo.
Cuando la multitud finalmente se dispersó, Roxana, sintiéndose asqueada por todo el teatro, les dijo a Don Abelardo y al Señor Blanco que fueran a la oficina del rector; ella iba a regresar a su dormitorio a cambiarse de ropa.
Brenda, que se había quedado rezagada, le soltó una carcajada burlona antes de irse.
—Eres una maldita víbora, Roxana. Por dos o tres palabritas, metiste a la policía en esto. Y no te creas la gran cosa solo porque el Señor Blanco te sonrió hoy. Te dio una tarjetita genérica de negocios solo por protocolo y cortesía. ¡No significa que le importes! Si de verdad quieres graduarte en paz, ¡te sugiero que bajes los humos!
Roxana la vio alejarse con una sonrisa cínica, y luego revisó la tarjeta que le había dado Andrés.
A simple vista, en efecto, parecía una tarjeta de presentación común y corriente. Pero el material y el relieve no lo eran.
Si no se equivocaba, esa era la Credencial de Andrés Blanco, la tarjeta de acceso de máxima seguridad a su laboratorio privado de investigaciones.
Esa misma tarde, Andrés Blanco confirmaría su teoría.

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