Fue en esa ocasión cuando se ganó su fama a base de golpes. A partir de entonces, nadie se atrevió a meterse con ella.
Poco a poco, todos aceptaron que una parte de la comida le pertenecía por derecho, y automáticamente le dejaban su ración.
Fue así como logró, a duras penas, dejar de pasar hambre.
—¿Roxana?
Cuando volvió a la realidad, se encontró con las miradas llenas de preocupación de Valeriano y Matriarca Beatriz.
—Hija, ¿estás bien? ¿Acaso esta anciana habló de más y te hizo recordar algo triste? —preguntó Matriarca Beatriz, visiblemente inquieta.
Valeriano también la observaba con ansiedad.
—¿Qué sucede? Te pusiste muy pálida. ¿Te duele algo?
Roxana apartó el destello de frialdad de sus ojos y negó suavemente con la cabeza.
—No es nada. Solo recordé algunas cosas del pasado.
Ambos creyeron que estaba recordando sus horribles días con la Familia Maldonado, y el corazón se les encogió de pena al saber lo mal que la habían tratado.
Roxana, notando su angustia, esbozó una sonrisa tranquilizadora.
—No se preocupen, todo eso ya pasó. Ahora estoy muy bien.
Cuanto más restaba importancia a su sufrimiento, más pena sentía Matriarca Beatriz.
Una chica tan noble y talentosa merecía todo el amor del mundo. ¡Qué monstruos debían ser los Maldonado para haberla tratado con tanta crueldad!
Roxana, sintiendo que el ambiente se había vuelto denso, supo que era por su culpa, así que cambió rápidamente de tema.
Poco a poco, la atmósfera volvió a ser cálida y alegre.
Después del desayuno, Roxana tenía que ir al laboratorio de Don Abelardo, así que Valeriano ordenó que la llevaran.
Matriarca Beatriz vio alejarse el auto y se acercó a conversar con el mayordomo Lorenzo sobre los avances de su nieto y su relación con la joven.
[Recógeme en esta dirección dentro de cuarenta minutos.]
Cuando guardó el celular, ya habían llegado al laboratorio de Don Abelardo.
—Si decides volver a la universidad al mediodía, llámame. No vayas a andar sola por ahí —le advirtió Valeriano. Estaba realmente preocupado de que saliera sola; aunque los matones de la noche anterior habían sido neutralizados, la información sobre ella era demasiado jugosa. Estaba seguro de que enviarían a un segundo o tercer grupo de atacantes.
La tentación de esconderla en su casa para que nadie la lastimara era inmensa. Solo así su corazón dejaría de latir acelerado de angustia.
—Está bien, no te preocupes.
Valeriano se quedó observándola hasta que cruzó las puertas del laboratorio sana y salva, y entonces le indicó a Leandro que condujera.
—Señor Sandoval, el escándalo del hospital está empeorando —informó Leandro—. La mujer asegura que el hospital confabuló con su marido, y anoche se lo declaró a los medios. Aunque hemos tratado de controlar la información, algunos periodistas sin ética están publicando rumores absurdos, y el público ya está empezando a cuestionar la integridad del Grupo Sandoval.
Valeriano no estaba seguro de si Sergio Sarmiento estaba detrás de todo esto, pero no tenía ninguna prisa.
—Ordena a los departamentos Legal y de Relaciones Públicas que nos esperen en la sala de juntas. Tendremos una reunión apenas lleguemos.

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