Pero cuando intentó moverse, se dio cuenta de que, sin saber cómo ni cuándo, tenía una fina aguja plateada clavada en el dorso de la mano.
—Qué demo...
No pudo terminar la frase. De repente, sintió que perdía todo el control sobre su brazo y este cayó inerte a su costado.
Al ver esto, los demás levantaron las manos y, con terror, descubrieron que también tenían agujas clavadas.
¿Cómo era posible?
¿De dónde habían salido esas agujas?
¡No se habían dado cuenta, se les habían clavado en la carne y no sintieron absolutamente nada!
—¿Q-Quién eres tú? —preguntó el líder, mirándola con evidente pavor.
Roxana le dirigió una mirada displicente, sin darle la más mínima importancia, y avanzó por el centro del pasillo.
Los hombres intentaron detenerla, pero sus armas ya no les servían de nada.
Ahora que no podían ni sostener un arma, mucho menos eran rival para ella.
En menos de un minuto, todo el pasillo estaba sembrado de cuerpos retorciéndose en el suelo.
Julián subió un momento después y, al ver que el problema estaba resuelto, le informó de inmediato:
—Jefa, El Cobra está en la habitación 309.
Roxana buscó los números y no tardó en llegar frente a la puerta 309. Justo cuando extendió la mano para abrir, su rostro cambió bruscamente y retrocedió a toda velocidad.
La puerta con el número 309 fue pateada desde adentro con tal brutalidad que salió volando. De no haberse apartado a tiempo, su cabeza habría sido destrozada por el impacto.
Al instante, un hombre vestido completamente de negro apareció en el umbral.
Tenía el cabello rapado y una mirada penetrante.
Un tatuaje de una rosa rojo sangre comenzaba en su lóbulo y descendía hasta la clavícula.
Combinado con su expresión gélida, desprendía una vibra tan sádica y violenta que helaba la sangre.
Julián vio el tatuaje, luego al hombre y supo de inmediato que se trataba del objetivo que su jefa le había ordenado investigar.
Por desgracia, se había ocultado tan bien que no había logrado encontrar ni una sola pista.
¡Y ahora se lo encontraban ahí!
—Es muy tarde para darte cuenta —sentenció ella con frialdad.
Al ver a la mano derecha de El Cobra derribado tan fácilmente, los demás subordinados perdieron cualquier deseo de venganza y se hicieron los muertos en el suelo.
Julián, viendo que el hombre estaba neutralizado, se acercó de prisa.
—¿Quién te pagó para atacarla? ¡¿Qué es lo que buscan?!
El hombre no le respondió. En cambio, fijó su mirada en Roxana.
—No importa quién seas. Si nuestra organización te pone en la mira, ¡nunca volverás a tener paz!
Dicho esto, hizo un movimiento sutil con la boca.
—¡Jefa, cuidado! —Julián reconoció ese gesto e intentó detenerlo.
Pero Roxana fue más rápida.
Con un movimiento limpio y preciso, le agarró la barbilla y se la dislocó.
El hombre, inmovilizado bajo el peso de Roxana, quedó incapacitado para morder la cápsula de cianuro; ni siquiera tuvo oportunidad de resistirse.

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