En ese momento, se escuchó un leve ruido proveniente del interior de la habitación.
—Él es tuyo —dijo Roxana, dejándole el sicario a Julián y caminando directamente hacia adentro.
Justo a tiempo para ver a un anciano bajito y de aspecto siniestro a punto de saltar por la ventana con dos maletines.
Roxana pisó un arma que estaba en el suelo, la levantó con la punta del pie y la pateó con fuerza. El impacto dio justo en la nuca del anciano.
—¡Maldición! —masculló el anciano antes de caer de espaldas, sin soltar los maletines.
—¿Tú eres El Cobra? —preguntó Roxana, acercándose a paso lento.
El Cobra giró la cabeza y, al ver a una chica que parecía más joven que su propia hija, su rostro se llenó de incredulidad.
—¿T-Tú quién eres?
—Enviaste a tus matones para asesinarme, ¿y todavía me preguntas quién soy? —se burló ella con desdén.
El Cobra finalmente ató cabos. ¿Acaso Sergio Sarmiento no le había dicho que se trataba de la heredera de los Soler?
¿Qué clase de niña rica, acostumbrada a vivir entre algodones, podía hacer algo como esto? ¡Ella era la excepción a la regla!
¡Si hubiera sabido que era tan peligrosa, jamás habría aceptado el trato con Sarmiento!
—Señorita Soler, ¿verdad? Todo esto es un gran malentendido. Lo que pasó antes fue un error de cálculo de mi parte. Para compensarle por el mal rato, estoy dispuesto a darle todo el dinero de estos maletines. Nosotros no tenemos motivos para ser enemigos, ¡espero que en el futuro podamos mantener una buena relación!
—¿No crees que eres demasiado optimista, Cobra? Yo soy de las que guardan mucho rencor. Jamás perdono a quienes se atreven a cruzarse en mi camino.
—Si le entrego ambos maletines, ¿me perdonará la vida? —preguntó El Cobra, tratando de jugar sus mejores cartas.
Esos dos maletines estaban repletos de dólares; había millones allí.
Estaba seguro de que nadie podría resistirse a una oferta así.
Pero Roxana volvió a romper con todas sus expectativas.
—No me interesan tus maletines. Lo que quiero es tu vida.
Al sentirse acorralado, la expresión de El Cobra se tornó sádica. Aprovechando que ella parecía distraída, sacó un arma de su chaqueta y le apuntó directamente.
Roxana lo observó con una frialdad absoluta, sin mover un solo músculo.

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