—¡Roxana! Vengo de buena fe a hacer las paces contigo, ¡¿y tú respondes intentando destruir mi relación con Cristián?! —exclamó Alcira, dominando a la perfección su actuación de indignada—. ¡¿Es porque en el fondo aún no lo superas y estás tan celosa que recurres a inventar estas asquerosidades para lastimarme?!
Después de años perfeccionando su papel de víctima, Alcira tenía la agilidad mental para contraatacar al instante.
Y Cristián, que estaba completamente cegado por su fachada, se tragó el cuento entero. Miró a Roxana con una mezcla de decepción y superioridad moral.
—Roxana, sé que ahora eres una mujer exitosa e independiente, pero lo nuestro ya es parte del pasado. Jamás traicionaré a Alcira. Por favor, deja de ser tan venenosa, no vuelvas a decir barbaridades como esa. ¡Me resulta detestable!
Él era un reverendo idiota, pero los demás en la habitación no.
Cuando Darío Soler investigó el pasado de Roxana, descubrió que ella había estado comprometida con Cristián, y desde entonces le tenía un asco profundo.
—Por esa cara de idiota que tienes, no me extraña que te estén poniendo unos cuernos enormes y ni te des cuenta —escupió Darío con sorna.
Cristián no esperaba que el propio Darío se burlara de él en público, y abrió la boca para defenderse.
—¡Tú…!
—Demasiado ruido. Tírenlos a la calle. Si vuelven a poner un pie en este piso, prohíbanles la entrada al hospital entero —ordenó Valeriano con una frialdad absoluta, y la escarcha cubrió sus elegantes facciones.
Por mucho que Cristián y Alcira quisieran quedarse a protestar, los guardaespaldas no les dieron oportunidad.
—La próxima vez que vean a este par, no crucen palabra con ellos. Solo arrástrenlos hacia la salida —instruyó Valeriano a sus hombres, asegurándose de que los intrusos lo escucharan mientras se los llevaban a rastras.
Mientras bajaban en el ascensor, Alcira estaba que echaba humo. Cuando volteó a ver a Cristián, se le heló la sangre: él la miraba con una expresión cargada de duda.
Todas las alarmas se dispararon en su cabeza.
—Cristián, por favor, dime que no le creíste. Sabes que yo jamás sería capaz de engañarte… Además, la primera vez que estuvimos juntos… ¿recuerdas que hasta sangré? —murmuró ella bajando la mirada, fingiendo vergüenza y vulnerabilidad extrema.
Pero subestimó el impacto que la palabra «paternidad» tiene en el ego de un hombre.
Ningún hombre en el mundo puede mantenerse sereno después de que alguien siembre la duda de que el hijo que espera no es suyo.
Aunque en el fondo Cristián quería creerle a Alcira, el veneno ya estaba en sus venas.
Tomó sus hombros y la miró a los ojos.
—Alcira, por supuesto que confío ciegamente en ti. Pero, solo para estar completamente tranquilos y callarles la boca a todos la próxima vez que intenten humillarnos, ¿por qué no hacemos una prueba de paternidad? ¡Así podré restregarles el resultado en la cara!

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