Antes de que Darío pudiera reaccionar, Roxana agarró un pequeño martillo de metal y le dio un golpe seco en la esquina del grueso ventanal. El cristal entero se hizo añicos al instante.
Luego, tomó un pesado portalápices y lo lanzó justo al centro de otra ventana, creando un enorme agujero rodeado de grietas como si fuera una telaraña.
Como si el lugar hubiese tomado aire, el humo del interior comenzó a salir rápidamente por las aberturas.
—¡Queda un minuto, rápido! ¡No perdamos tiempo!
Roxana le lanzó esa última frase y, de un salto ágil, se sumergió de lleno en la humareda.
Casi al segundo siguiente, comenzaron a escucharse los golpes secos de un combate cuerpo a cuerpo.
Darío no se atrevió a perder ni un instante más. Corrió a la oficina contigua, sacó los suministros médicos y empezó a preparar la fórmula del Tercer Espejismo a una velocidad vertiginosa.
Por suerte, su experiencia clínica no le falló, y en apenas veinte segundos tuvo listo el compuesto.
Imitando lo que había hecho Roxana, destrozó la ventanilla de la puerta de cristal, acercó una de las máquinas de nebulización y roció el antídoto por el hueco hacia el interior de la sala.
***
Mientras tanto, del otro lado.
La densidad del humo había bajado considerablemente.
En el instante mismo en que Roxana irrumpió en la sala, Balthazar ya había detectado su presencia.
Con una sola mano sostenía a Dulce, que tenía sangre escurriendo por la comisura de los labios, mientras se daba la vuelta para mirar hacia atrás.
Un rayo de sol se filtró por las altas ventanas y cayó directamente sobre el hermoso e implacable rostro de la joven.
Su piel radiante resplandecía bajo la luz, dándole un aura tan fascinante como peligrosa.
—Hermosa señorita, ¿tú eres...?
—¡La persona que te quitará la vida! —le interrumpió Roxana, esbozando una sonrisa gélida.
Dicho esto, su cuerpo salió disparado como un leopardo al ataque.
Al ver sus movimientos limpios y certeros, Balthazar supo de inmediato que estaba frente a una experta. Sus hermosos ojos azules se oscurecieron de pura emoción.
Lanzó a un lado a su objetivo inicial como si fuera basura, sonrió con una arrogancia enfermiza y se lanzó directamente hacia ella para recibir el impacto.
Al darse cuenta de que no iba a caer en su juego y prefería seguir moliéndolo a golpes, la sonrisa del hombre se borró y sus brillantes ojos azules se enfriaron.
—Eres un juguete muy divertido —murmuró con falsa tristeza—, pero me temo que mi tiempo se agotó, ¡así que tendré que terminar este juego antes de lo planeado!
Con una mirada letal, estiró el brazo intentando atrapar la pierna que Roxana le había lanzado a la cara.
Sintiendo el peligro, ella giró en el aire y aterrizó un segundo antes de lo previsto.
Acto seguido, con un movimiento fluido, sacó de su ropa unas pequeñas agujas metálicas y se las lanzó directo al cuerpo.
Al ver aquellos destellos mortales volando hacia él, Balthazar apenas tuvo tiempo de doblarse hacia atrás por puro instinto de supervivencia.
Pero cuando se enderezó para volver a atacar, sintió el frío cañón de una pistola presionando su frente.
Su rostro palideció levemente. Llevó la mano a su cinturón buscando su arma, pero descubrió que ya no estaba.
Sin embargo, no tardó en volver a entrecerrar sus ojos azules y soltar una carcajada encantadora.
—Nadie sabe nunca dónde escondo mi arma, y mírate, la encontraste como si nada. Parece que me conoces muy bien. Preciosa, ¿no será que ya te enamoraste de mí?

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