A pesar de tener el cañón del arma presionando su frente, Balthazar no mostró ni el más mínimo signo de pánico. Por el contrario, se relajó y apoyó ambas manos en el suelo tras su espalda con total comodidad.
Roxana, empuñando el arma, se había sentado en el borde del escritorio. Aunque había cierta distancia entre los dos, la postura de ambos tenía un aire casi íntimo y peligroso.
Si a la escena se le quitara la pistola, cualquiera pensaría que eran un par de amantes coqueteando.
Al darse cuenta de esto, Roxana saltó de la mesa y, sin previo aviso, le disparó en el hombro izquierdo.
—Tienes tres oportunidades más para decirme quién eres —le advirtió, con un tono frío y arrogante.
Al recibir el impacto en el hombro, los brillantes ojos azules de Balthazar se oscurecieron y su cuerpo se encogió instintivamente por el dolor.
Pero su actitud siguió siendo igual de descarada.
—Si me das un beso, te lo digo.
Roxana nunca había soportado tanta insolencia. Sin titubear, bajó el cañón y le metió otra bala, esta vez en la pierna.
—¡Vuelve a decir estupideces y juro que te mato!
El disparo lo obligó a caer de rodillas, pero al alzar la vista, en su mirada brillaba una obsesión enfermiza y sádica.
—¡Adelante, dispara! ¡Porque si no lo haces, te juro que te perseguiré por el resto de tu vida!
Roxana estaba a punto de jalar el gatillo por tercera vez.
De pronto, por el rabillo del ojo, notó que un objeto negro acababa de aterrizar en la ventana del pasillo.
Su instinto de supervivencia la hizo arrojarse hacia un costado de inmediato.
¡BUM!
Al segundo siguiente, el ensordecedor estruendo de una explosión sacudió los cimientos del Centro de Investigación.
La onda expansiva, furiosa como un toro salvaje, arrasó con el interior del laboratorio, ¡haciendo estallar hasta el último frasco de cristal!
—¡Roxana! —gritó Darío, quien apenas había terminado de inyectar el antídoto cuando fue empujado violentamente contra la puerta por la fuerza del impacto.
Cuando logró reincorporarse, vio que las ventanas de la habitación de al lado estaban hechas añicos y el lugar era un completo desastre.
Entró corriendo a ciegas, pero justo antes de llegar a donde estaba Roxana, tropezó con Dulce, quien yacía inconsciente en el suelo, escupiendo sangre.
Al mirar hacia arriba y notar que los trozos de techo estaban a punto de colapsar, Darío se abalanzó sobre ella para cubrirla con su cuerpo.
En ese momento, Dulce recuperó vagamente el conocimiento. Vio las rocas amenazando con caer sobre ellos, pero ya no tenía fuerzas ni para moverse.
Justo cuando pensó que su vida terminaba ahí, un aroma profundo y familiar la envolvió por completo.
Los recuerdos más puros y hermosos que había guardado bajo llave en el fondo de su corazón volvieron a florecer en su mente.

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