Universidad del Sur.
—¡Esa explosión de anoche en el centro de investigación me dio el susto de mi vida! —comentó un estudiante.
—¡Sí, no me lo digas! Increíble que el hábito de dormirme temprano, que mi mamá me inculcó a gritos, me haya salvado el pellejo esta vez. ¡Le debo una a la jefa de la casa! —respondió otro riendo.
—Ni me lo recuerdes. Mi papá me llamó a las tres de la mañana para exigirme que dejara de salir por las noches, por si me tocaba otra tragedia de esas.
—Todos los padres son iguales. Los míos me soltaron el mismo sermón, pero mi mamá cruzó la línea: me mandó a comprar por internet un detector portátil de gases letales para que lo lleve a todos lados. Cuando llegó el paquete, ¡resultó ser un lector de códigos de barras! ¡Casi muero de la risa!
El grupo entero estalló en carcajadas.
Pero, mientras todos compartían anécdotas sobre lo mucho que sus familias se preocupaban por ellos, Yara se escabulló sola por la puerta trasera.
Había pasado casi un día entero desde la tragedia, y su teléfono no había emitido ni un solo sonido.
Sus padres no se habían molestado en ver cómo estaba, y ni siquiera Darío, el hermano con el que mejor se llevaba, le había enviado un mensaje.
Era como si la catástrofe de anoche en el campus nunca hubiera ocurrido.
Inicialmente, había planeado ir al hospital por la mañana a visitar a Roxana, pero ese silencio absoluto en su celular despertó una chispa de rebeldía en su interior.
Podía entender que sus padres se preocuparan más por Roxana porque estaba convaleciente. Lo que no soportaba era que le dieran el cien por ciento de su atención, como si ella, Yara, hubiera dejado de existir.
Antes, si ella perdía una simple competencia en la universidad, sus padres viajaban de madrugada solo para consolarla y asegurarse de que estuviera bien.
Pero desde que apareció la verdadera hija biológica, sin importar si Yara estaba triste o si era humillada en público, sus padres parecían hacerse la vista gorda.
Y mucho menos le preguntaban cómo se sentía.
Se llenaban la boca diciendo que el regreso de Roxana no cambiaría nada y que la seguirían tratando como a una hija.
Pero era una vil mentira.
—Yara, ¿qué haces aquí sola? Hubo un incidente peligroso anoche en la facultad; no es buena idea que andes vagando por ahí sin compañía.

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