Justo cuando Rafael terminó de hablar, se empezaron a escuchar gritos provenientes de la entrada exterior de la residencia.
El mayordomo asignado para atenderlos salió apresuradamente a verificar qué sucedía.
Regresó un momento después, con expresión de disculpa.
—Señor Soler, señora Soler, señorita. Hay un par de mujeres afuera que aseguran ser la hermana y la sobrina del señor. Dicen que tienen algo de suma urgencia que tratar con ustedes. ¿Desean que las deje pasar?
Marina, que ya estaba con los nervios de punta, no tenía paciencia para soportarlas.
—Échalas de aquí.
Rafael estuvo de acuerdo de inmediato.
—Diles que se larguen. Que no vengan a molestarnos si no tienen nada útil que decir.
El mayordomo hizo una reverencia y regresó a la entrada para despacharlas.
Roxana miró hacia la puerta principal. Esta propiedad había sido preparada exclusivamente por Valeriano para mantener a sus padres a salvo. Además, en los últimos días, ellos no habían pisado el hospital. ¿Cómo diablos se habían enterado su tía Luisa y Elba Llorens de que estaban escondidos ahí?
Debido a la ansiedad extrema que había padecido durante toda la mañana, el estómago de Marina comenzó a resentirse tras el almuerzo.
Roxana sacó su estuche de agujas y le aplicó un tratamiento de medicina natural para asentarle el estómago, logrando que su madre se relajara lo suficiente como para quedarse profundamente dormida.
Al ver que su esposa por fin descansaba en paz, Rafael suspiró pesado y miró a su hija a los ojos.
—Roxana, dime la verdad. ¿Estás metida en algún problema grave? La explosión de aquella noche... y todo lo que está pasando con la familia Sarmiento, ¿tiene algo que ver contigo y con Valeriano?
El caos reciente en Puerto Esperanza parecía inconexo para el ojo inexperto, pero Rafael tenía el olfato agudo de un titán de los negocios.
Al atar los cabos sueltos, se dio cuenta de que la línea de tiempo de los eventos no era una coincidencia.
Y considerando que Valeriano los había trasladado a una casa de seguridad, estaba prácticamente seguro de que su hija estaba en el centro del huracán.
Una vez que ambos estuvieron dormidos, ella caminó hacia la salida.
Salió por las puertas principales y comenzó a caminar a paso lento por el sendero que bordeaba el lago. Apenas había avanzado unos metros cuando Luisa Soler y su hija, Elba Llorens, salieron de entre los árboles, como si estuvieran al acecho.
—¡Roxana! —ladró Elba, perdiendo el miedo al verla sola—. ¡¿Fuiste tú quien mandó secuestrar a Yara, verdad?! ¡¿Cómo puedes ser tan retorcida?! Ella ya te dejó el camino libre con mi tío y mi tía, ¡¿por qué sigues empeñada en destruirla?! ¡Tanta maldad solo puede significar que quieres quedarte con toda la fortuna de la familia Soler para ti sola!
Luisa la secundó de inmediato, con veneno en la voz:
—¡En todos los años de historia de nuestra familia, jamás habíamos tenido a alguien tan vil como tú!
»Tu hermano mayor está a punto de regresar a Veridia. ¡Le voy a contar cada una de tus bajezas! ¡Vamos a ver si está dispuesto a reconocer a una víbora despiadada como hermana!
¡Zas! ¡Zas!
Roxana no lo dudó y le cruzó la cara a Elba con dos bofetadas fulminantes.

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