Luisa jamás imaginó que Roxana se atrevería a levantarles la mano. Pegó un alarido histérico y corrió a escudar a su hija.
—¡Tú, maldita! ¡Si vuelves a tocar a mi hija, te juro que te mato! ¡¿Por qué no fuiste tú la secuestrada?! ¡Alguien como tú debería haberse podrido en la calle, nunca debiste regresar!
Elba, con el rostro ardiendo por las bofetadas, se cubrió las mejillas con las manos. Sus ojos inyectados en sangre miraban a Roxana con un odio puro.
—¡Me las vas a pagar, Roxana! ¡Te juro que te voy a destruir!
—¿Acaso no saben hablar como gente civilizada? —La mirada de Roxana era más fría que el hielo—. Parece que esa lengua no les sirve de mucho, ¿qué tal si se las corto?
Al escuchar el tono mortífero de la joven, Luisa, que segundos antes parecía un perro rabioso, retrocedió con un escalofrío. Por un instante temió que Roxana, en un ataque de locura, realmente las asesinara y desapareciera sus cuerpos en ese lugar apartado.
Tragó saliva, intentando mantener la compostura.
—¡No me vengas con amenazas, Roxana! Soy tu tía de sangre. En el hospital saben que vine a buscarte hoy. Si a Elba o a mí nos pasa algo aquí, serás la principal sospechosa.
—Si de verdad quisiera eliminarlas —Roxana esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos—, nadie encontraría una sola pista. Olvidan que soy excelente doctora. Conozco mil maneras de hacer que desaparezcan de este mundo sin dejar rastro.
Esa sonrisa macabra hizo que madre e hija comprendieran el grave error que habían cometido al emboscarla a solas.
—Mamá, no pierdas el tiempo con ella —murmuró Elba, dándose cuenta de que llevaban las de perder—. Ahora mismo está en un pedestal porque acaba de regresar y mis tíos la idolatran. ¡Ya veremos qué pasa cuando se cansen de ella, entonces nos encargaremos!
Luisa se aferró a esa excusa para no perder la poca dignidad que le quedaba.
—Tienes razón, habrá mejores momentos para ajustar cuentas.
Dieron media vuelta dispuestas a marcharse, pero la voz de Roxana las clavó en el sitio.
—¿Acaso les di permiso de irse?
La indignación de Luisa volvió a brotar.
—¡¿Qué más quieres?! ¡¿De verdad te vas a atrever a golpearme a mí también?!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA DESECHADA MANDA