Esta era la primera vez que Roxana visitaba la residencia de seguridad que Valeriano había acondicionado para sus padres.
El lugar era impecable. Estaba rodeado de jardines, un ambiente sereno y aislado, perfecto para mantener un perfil bajo.
Mientras caminaba hacia la entrada, sus ojos entrenados captaron a varios guardias apostados estratégicamente en las sombras.
Sin embargo, sospechaba que no tendrían que intervenir.
El escándalo que acababa de estallar sobre Sergio Sarmiento era monumental. Al tirar de ese hilo, las autoridades terminarían desenterrando cosas mucho más oscuras. Si la organización detrás de Sergio no quería verse expuesta, seguramente ya estarían limpiando cualquier rastro que los vinculara con él.
En resumen, Sergio creía ciegamente que huir de Puerto Esperanza le daría la libertad, pero no era más que un iluso.
Una mafia que usaba seres humanos como sujetos de prueba, jamás dejaría cabos sueltos caminando por ahí.
En cuanto saliera de la ciudad, los mismos asesinos de la organización irían por su cabeza.
La mente de Roxana viajó al loco que los emboscó en el restaurante. ¿El sistema que ella acababa de descifrar tendría algo que ver con él?
Si la dirección IP rastreada era auténtica, ¿eso significaba que la organización también operaba en Veridia?
Apenas cruzó la puerta de la residencia, su celular sonó. Era Julián.
Al contestar, lo primero que escuchó fue un bufido de pura exasperación.
—¡Jefa, de verdad que no lo puedo creer! ¡Tu tonta hermana no fue secuestrada por esa tal Agustina Méndez, ella se fue por su propia voluntad!
Roxana se quedó sin palabras por un segundo.
Sabía que Yara no era precisamente un genio, pero jamás imaginó que llegaría a tales niveles de estupidez.
Después de todo, sus padres la habían criado y educado en la élite. ¿Cómo era posible que no tuviera ni una pizca de instinto de supervivencia?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA DESECHADA MANDA