Reconociendo la voz de Ricardo Maldonado, Roxana giró sobre sus talones y le propinó una fuerte patada.
—¡¿Qué estupideces estás diciendo?! Dices que es un asesino y, sin embargo, ¡lo dejaste encerrado junto con toda esa gente! ¡Ahí adentro están tus familiares, tus amigos, e incluso tu propia hija biológica!
Ricardo seguía vistiendo su elegante traje, pero ya no quedaba ni rastro de su postura refinada.
Se agarró el pecho adolorido por la patada, mostrando una expresión desquiciada.
—¡¿Y a mí qué me importa?! ¡Ese hombre vino a matarme a mí! Si lo dejas salir, ¡me asesinará!
¡Él no podía morir!
¡Él era el hombre más rico de Puerto Esperanza!
¡El líder absoluto del Grupo Maldonado!
Alguien tan importante como él no podía terminar así.
—¡Eso es porque te lo mereces!
Ignorándolo por completo, Roxana soltó una poderosa patada contra la puerta.
Pero la madera no cedió.
Se preparó para dar otra patada.
Cuando de pronto, Ricardo se abalanzó desesperado y le abrazó las piernas, suplicándole entre sollozos.
—¡Roxana, escúchame, por favor! ¡Ese infeliz viene por mí! Solo es un hombre, y adentro hay decenas de invitados. Si todos se unen, seguro logran someterlo.
»¡No patees más la puerta! Su objetivo soy yo. Apenas logré escapar. Si lo liberas, ¡me buscará como un animal rabioso!
»¡Soy tu padre, yo te crie! ¡¿De verdad vas a enviarme a la muerte?!
—¡Ese es tu karma!
Roxana sintió un profundo asco por su toque, giró su brazo y, con un movimiento brutal, le dislocó el hombro.
—¡Aaaah! ¡Mi brazo!
Ricardo cayó al suelo retorciéndose de dolor.
Pero al ver que Roxana daba media vuelta para salir del edificio, intuyó que intentaría entrar por una de las ventanas. Ignorando su agonía, corrió torpemente tras ella.
—¡Roxana! ¡No seas impulsiva! Ya llamé a la policía, ¡llegarán en cualquier momento!
Roxana, de pie bajo la luz del sol, emanaba un aura tan fría e imponente que resultaba aterradora.
—¡Ricardo Maldonado, eres un monstruo despreciable! ¿No escuchas cómo gritan? ¿Tu vida vale, pero la de ellos no? Antes ya te detestaba, pero al menos creía que te quedaba algo de humanidad, que de verdad te importaba tu familia.
»Ahora veo que me equivoqué por completo. ¡No eres más que una bestia sin escrúpulos!
»¡Lárgate!
La mayoría de los invitados eran personas de la alta sociedad, incapaces de defenderse en una pelea cuerpo a cuerpo. Presas del pánico absoluto, ni siquiera se atrevían a pensar en luchar.
Justo cuando el asesino levantó el cuchillo para atacar de nuevo, Roxana tomó una piedra y la estrelló con todas sus fuerzas contra el cristal.
—¡CRASH! —
El estruendo del vidrio estallando y los fragmentos cayendo pesadamente al suelo dejaron a todos en el salón paralizados.
El loco, que jamás imaginó que lo atacarían por la espalda, ni siquiera intentó esquivarlo.
Los afilados pedazos de cristal le llovieron sobre la espalda.
Causándole múltiples cortes en todo el cuerpo.
Gruñendo de dolor, se giró para mirar, encontrándose con una joven de belleza impecable y aura serena al otro lado.
Sus ojos se inyectaron en sangre y soltó una carcajada llena de odio.
—¡Tú también eres hija de Ricardo! ¡Debes morir!
Los invitados que estaban a punto de ser atacados sintieron un inmenso alivio cuando el hombre corrió hacia la ventana.
Algunos la reconocieron; era Roxana, la otra hija de Ricardo.
En sus ojos había un claro alivio.

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