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LA DESECHADA MANDA romance Capítulo 627

—¡Detente ahora mismo!

El director estaba en medio de un procedimiento delicado y no podía despegar los ojos del paciente, por lo que fue el vicepresidente quien lanzó el grito.

Lleno de furia y sintiéndose insultado profesionalmente, arremetió contra ella.

—¡¿Cómo te atreves a inyectar a un paciente en este estado?! ¡¿Acaso no ves lo crítico que es su cuadro clínico?! ¡¿Tienes la menor idea de las repercusiones fatales que puede tener administrar medicamentos sin un protocolo estricto?! ¡No sabes nada de medicina y vienes a jugar a ser Dios en mi quirófano! ¡Esto es homicidio imprudencial!

—Por supuesto que conozco el cuadro clínico —respondió Roxana, con una calma sepulcral.

Precisamente por eso solo le había inyectado el medicamento a su abuelo, quien presentaba el daño traumático más severo.

Al ver que el vicepresidente volvía a abrir la boca para sermonearla, levantó ligeramente la barbilla y soltó una sonrisa fría.

—¿Cuál es la prisa? Espere diez segundos. Si quiere gritarme, hágalo después de eso.

El director, que contaba con más de cuarenta años de experiencia y había visto desfilar a decenas de especialistas invitados en sus quirófanos, jamás había presenciado a nadie tan joven con un nivel de arrogancia tan gélido y fundamentado.

Quizás fue esa confianza absoluta lo que lo impulsó a hablar.

—Guarde silencio —le ordenó al vicepresidente—. Esperemos diez segundos.

El tiempo transcurrió en medio de una tensión insoportable.

Y entonces, los monitores comenzaron a parpadear.

La presión arterial, que había estado cayendo en picada, y el ritmo cardíaco de don Hipólito, que se apagaba minuto a minuto, experimentaron una reversión milagrosa.

Los números no se dispararon agresivamente; en cambio, comenzaron a estabilizarse con un ritmo constante y seguro.

El vicepresidente pensó que estaba alucinando. Parpadeó con fuerza y acercó el rostro a las pantallas.

El estado del paciente no solo estaba mejorando, sino que todas sus funciones vitales habían salido del colapso inminente para entrar en un umbral seguro que les permitiría continuar con la reconstrucción ósea.

—¡Esto es imposible! —murmuró el vicepresidente, con los ojos casi saltándose de las órbitas detrás de sus anteojos—. Hace un momento estaba a punto de entrar en shock irreversible... ¿Cómo es posible que una simple inyección haya provocado una mejoría tan repentina? ¿Qué demonios había en esa jeringa?

Roxana, al confirmar que su abuelo estaba estable, se dirigió a la mesa de operaciones contigua para evaluar a su abuela. Tras revisarla, preparó rápidamente una fórmula más suave y acorde a su condición cardíaca.

Esta vez, nadie en el quirófano se atrevió a cuestionarla. Todos contuvieron el aliento, esperando presenciar un segundo milagro.

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