Una oleada de rabia comenzó a arder en el pecho de Hilda.
Mónica notó la tensión, presionó suavemente el brazo de su madre para que no perdiera la compostura, y se acercó a Roxana con una sonrisa diplomática.
—Roxana, yo soy Mónica, tu prima. Es un placer conocerte al fin. Escuché a mi papá decir cosas maravillosas sobre ti; me enteré de que eres la discípula de la Maestra Vera Herrera. A mí también me apasiona la medicina natural. ¿Crees que, cuando tengas algo de tiempo, podamos sentarnos y pueda consultarte algunas dudas clínicas?
Roxana asintió con frialdad, sin cambiar su expresión.
—Si tengo tiempo, claro.
La sonrisa de Mónica flaqueó. «¿Si tienes tiempo? ¿O sea que si no, ni siquiera me vas a voltear a ver?» pensó, ofendida.
«¿Quién se cree que es para ser tan altanera? Apenas es una recién llegada y ni siquiera tiene el estatus social de alguien como Gisela Rivera. Seguro se ganó a la Maestra Vera por pura suerte».
En el fondo, Mónica se negaba a creer que las habilidades médicas de Roxana fueran tan excepcionales.
Ella misma era considerada la mente más brillante de su generación en la familia Montes; llevaba más de una década rompiéndose la espalda estudiando los tratados médicos más complejos, y ni así había logrado captar la atención de Vera Herrera.
«Ya habrá tiempo para desenmascarar tu teatro», se consoló a sí misma.
Como don Hipólito y doña Isabel aún no despertarían, Rafael y Marcelo acordaron asignar a dos enfermeras de máxima confianza para que no se separaran de los ancianos ni un segundo. Solo entonces, el grupo se retiró del hospital.
***
Mansión de la familia Soler.
Roxana bajó del auto caminando del brazo de Marina.
Apenas pusieron un pie en la entrada, una empleada corrió hacia ellos con una enorme sonrisa.
—¡Señor, señora, señorita Roxana, señorita Yara! Acaba de llegar un repartidor de la boutique de lujo y trajo dos enormes cajas llenas de obsequios. ¡Son tan grandes que ocupan la mitad de la sala!
Marina y Rafael intercambiaron una mirada de confusión.
—¿No dejaron dicho a nombre de quién venían?
Antes de que la empleada pudiera responder, los ojos de Yara se iluminaron de alegría y se adelantó.

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