Yara Soler, al escuchar las palabras de la empleada, la miró con una expresión mucho más suave y condescendiente.
Sin embargo, al ver que Marina Montes de Soler y Rafael Soler entraban a la sala, se apresuró a explicar:
—No digan esas cosas. Roxana también es hermana de Mateo. Si él me preparó un regalo, seguro que también tiene uno para ella. Lo más probable es que el suyo aún no haya llegado o que se lo entreguen mañana.
Marina y Rafael habían fruncido el ceño ante el comentario inicial de la empleada, pero al escuchar la dulce corrección de Yara, sus rostros se relajaron.
Yara realmente había madurado.
Pero esas empleadas...
Marina notó que su hija biológica, que estaba a punto de subir las escaleras, se detuvo en seco. Sabía que Roxana debía sentirse mal al escuchar esas comparaciones, y eso le encogió el corazón.
Doña Marina era de las que resolvían los problemas de raíz.
Sin titubear, señaló directamente a la empleada.
—Ve con el mayordomo a que te liquide el sueldo de este mes. A partir de mañana, ya no es necesario que te presentes.
La mujer dio un salto del susto y comenzó a suplicar desesperada:
—¡Señora, se lo ruego, no me despida! Si hice algo mal, lo admito y estoy dispuesta a cambiar. Por favor, deme otra oportunidad.
Era obvio su pánico. La familia Soler era la más rica de Veridia. Trabajar allí era un verdadero lujo en comparación con otras casas de la élite. Los Soler no tenían exigencias excéntricas, eran generosos, daban vacaciones adicionales y jugosos bonos que superaban el salario de muchos ejecutivos de clase media.
Si la echaban, dudaba volver a encontrar un trabajo tan bueno.
Pero Marina no se inmutó.
—¿Qué intentaste decir con ese comentario? Ya había dejado muy claro que no toleraré chismes ni comparaciones malintencionadas frente a mis dos hijas. Y tú tienes el descaro de sembrar cizaña en mis propias narices. La familia Soler no necesita empleadas como tú.
—¡Señora! ¡Me equivoqué! Hablé sin pensar, no quería sembrar cizaña. ¡Perdóneme esta vez, le juro que no volverá a pasar! Mi hermana está enferma y necesito el sueldo para su tratamiento. Deme una última oportunidad, ¡aunque sea para arrancar maleza en el jardín! ¡Se lo suplico!
Incluso Roxana fue arrastrada al centro de la sala para participar.
Aprovechando que nadie prestaba mucha atención, Marina se inclinó y le susurró a Roxana:
—Hija, quiero que memorices muy bien cuáles son estos regalos. Cuando tu hermano Mateo regrese, revisaremos si los que te trajo coinciden. Si te falta alguno, dímelo y yo misma me encargaré de comprártelo para compensar.
Roxana no tenía ganas de participar en algo tan infantil, pero al ver la seriedad en los ojos de su madre, asintió y prestó atención a las cajas.
Yara estaba sentada a poca distancia. Al ver a madre e hija riendo y susurrando con tanta complicidad, sintió un nudo amargo en la garganta.
De pronto, alguien soltó un grito de asombro.
—¡Señora, mire! ¿Este regalo no tiene el nombre de la señorita Roxana grabado?
Yara, que ya se sentía desplazada, sintió que el mundo se le venía encima al escuchar eso.

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