[Gisela, por favor, ya no te enojes. Al final del día, yo también tuve algo de culpa en ese incidente. Mejor dejemos el tema por la paz.
Pronto mis papás le organizarán la Gala de Presentación a mi hermana, y seguro todas ustedes estarán invitadas. Ahí podremos platicar bien. Pero les pido un favor enorme: no le hagan la vida imposible a mi hermana por defenderme a mí. Mis papás sufrirían mucho.]
Gisela, encendida de indignación, le respondió de inmediato: [¡Yara, eres demasiado buena onda! ¡Por eso esa tipa se aprovecha de ti!]
Las demás se sumaron al coro, aconsejándole que no fuera tan débil o la recién llegada terminaría robándole todo.
Yara soltó una carcajada fría. «Si sigo así, de verdad me va a robar todo».
Pero en el chat, mantuvo su fachada de santa mártir.
[Chicas, no piensen tan mal de mi hermana. Ella no es así. Bueno, las dejo que tengo cosas que hacer. Hablamos al rato.]
Esa misma noche.
Yara, consciente de que necesitaba ganarse el favor de Mateo como fuera, se metió a la cocina decidida a prepararle algo especial con sus propias manos.
No pasó mucho tiempo antes de que la enorme mesa del comedor estuviera cubierta de platillos exquisitos.
—Mateo, tenías muchísimo tiempo sin venir a casa. Tu madre ordenó todos estos platillos especialmente para ti, así que más te vale comer bien —dijo Rafael Soler, sirviéndole una copa de vino tinto—. Y esta botella la abrí en tu honor. Hoy es la primera vez que cenamos con Roxana en la mesa, así que es motivo de celebración familiar.
Yara, al escuchar eso, acercó tímidamente su copa.
—Papá, ya soy mayor de edad. Yo también quiero una copita para brindar.
Rafael estaba a punto de negarse, pero de repente notó que Yara llevaba una curita en el dedo meñique. Dejó la botella y preguntó con preocupación:
—Yara, mi niña, ¿qué te pasó en la mano?
Yara actuó como si la hubieran atrapado en un delito, y escondió la mano de inmediato, luciendo nerviosa.
—Yara, prométeme que no volverás a hacer cosas peligrosas. Tu hermano y yo trabajamos de sol a sol ganando dinero para que ustedes tres, las mujeres de la casa, vivan como reinas. Si te pones a hacer estas cosas, me vas a hacer sentir que no las estoy cuidando bien.
Yara levantó el rostro, con los ojos ligeramente llorosos, y negó con la cabeza.
—No es verdad, papá. Tú, mamá y mis hermanos siempre me han dado la mejor vida del mundo.
—Qué bueno que lo sabes —respondió Rafael, leyendo perfectamente la inseguridad de la chica—. Tú eres una hija de la familia Soler, y eso nada ni nadie lo va a cambiar nunca.
Doña Marina, al verla tan vulnerable, sintió una punzada de culpa.
—Mi amor, ¿te duele mucho la herida? ¿Quieres que llame a un doctor? Siempre te hemos cuidado muchísimo las manos, si se te llega a infectar y no puedes tocar el piano, sería terrible.
—No te preocupes, mamá. Es un cortecito de nada, ya casi cerró. Fue doña Tere la exagerada que me obligó a ponerme la curita.
Mateo observó de reojo a Roxana, que no había dicho una sola palabra desde que se sentaron, y luego miró a Yara, que tenía los ojos rojos y a punto de llorar. Sentía que la atmósfera entre sus dos hermanas era un poco tensa.

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