—Don Abelardo, maestro Ezequiel, ¡sean bienvenidos! Es un inmenso honor que nos honren con su presencia —dijeron Rafael y Marina mientras se acercaban a la entrada para escoltarlos personalmente.
Don Abelardo soltó una carcajada entrañable.
—No sea tan modesto, presidente Soler. Al invitar a un viejo testarudo como yo a la Gala de Presentación de su pequeña, me están demostrando que me consideran parte de la familia. El honor es todo mío.
El maestro Ezequiel asintió con entusiasmo.
—¡Así es! Mi viejo amigo y yo estamos emocionados de ser testigos del día en que nuestra niña por fin recupera su lugar. Cualquier cosa que necesite la familia Soler en el futuro, solo tienen que pedirlo. No habrá negativas.
Marina se sintió profundamente halagada.
—Gracias por sus generosas palabras, maestro Ezequiel. Ustedes dos son como abuelos para mi Roxana. A partir de hoy somos familia; no dudaremos en acudir a ustedes si lo necesitamos.
Los demás invitados creían que ambos titanes habían asistido por respeto al poder económico de Rafael. Sin embargo, al escuchar la conversación, se dieron cuenta de que estaban ahí única y exclusivamente por la verdadera heredera de los Soler.
Las señoras que habían descartado a Roxana cambiaron de opinión al instante, ordenándoles a sus hijas que estuvieran listas para acercarse a ella.
Mientras tanto, Mónica bajaba furiosa las escaleras cuando su madre, Hilda, la jaló hacia una esquina.
—Moni, ¿ya viste? ¡Don Abelardo está aquí! Y por lo que dicen, vino por Roxana. Si esto sigue así, lo más seguro es que la maestra Vera también aparezca. Tienes que lucirte hoy. Si no logras ser discípula de la maestra Vera, al menos debes ganarte a don Abelardo. ¿Me oyes?
Mónica, que aún hervía de rabia por la humillación que sufrió ante Gisela, asintió con determinación.
—No te preocupes, mamá. No dejaré pasar esta oportunidad.
Apenas terminó la frase, vio a Gisela y a Yara bajar juntas las escaleras y dirigirse apresuradamente a la puerta.
Al mirar en esa dirección, Mónica y su madre notaron la llegada de una mujer de mediana edad, ataviada con un elegante vestido oscuro con bordados plateados. No era despampanante, pero emanaba un aura de autoridad absoluta y rigurosa.
—Mamá... ¿Acaso ella es la maestra Vera?
—No lo sé. Todos conocen su nombre, pero casi nadie la ha visto en persona. ¡Pero si Gisela corrió a recibirla, tiene que ser ella!
—¡Entonces vamos nosotras también! —exclamó Mónica, lanzándose al frente.
En el salón, los magnates también estaban desconcertados al ver la expresión de absoluta euforia en los rostros de Rafael y Marina.

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