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LA DESECHADA MANDA romance Capítulo 719

La presencia de Valeriano desató un caos total en el centro de actividades.

Como había estado los últimos tres años viviendo en Puerto Esperanza y no en Veridia, además de que la mayoría de los estudiantes presentes venían de todas partes del país, casi nadie lo reconocía.

Pero al ver ese rostro tan asombrosamente guapo y su porte aristocrático, todos llegaron a la misma conclusión.

Ese hombre, aunque se veía joven, claramente no era un estudiante. ¿Sería uno de los inversionistas de la familia Soler?

Casi por instinto, todas las miradas se dirigieron hacia el área de la Universidad del Sur, buscando a Yara Soler.

En ese preciso instante, Yara, Gisela y Mireya volvían juntas al centro de actividades.

Mireya, que en algún momento de su vida también había suspirado por Valeriano, reconoció esa silueta perfecta de inmediato.

—¡Yara! ¡Gisela! —exclamó—. ¿Ese no es el joven Valeriano?

Yara y Gisela, que aún estaban de mal humor por el espectáculo que Roxana había dado esa mañana, levantaron la vista.

Con una sola mirada, Yara confirmó que era él.

Aparte de Valeriano, no había otro hombre en el mundo que pudiera mirar con tanta devoción hacia el balcón donde estaba Roxana.

Hacía poco, Gisela le había comentado que Valeriano había regresado a Veridia y estaba haciendo una limpieza feroz dentro de la Corporación Sandoval. Se suponía que estaba tan ocupado que no tendría tiempo para respirar, y ellas planeaban aprovechar esa distracción para destruir a Roxana.

Pero no habían ni siquiera trazado un plan y él ya estaba ahí, protegiéndola.

—Si el joven Valeriano está aquí, entonces, Yara, ¿crees que Mateo también vino? —Gisela llevaba años enamorada de Mateo Soler, y su primer impulso fue buscarlo entre la multitud.

Al ver su expresión de pura desesperación romántica, a Yara le dio una punzada de molestia. Recordó cómo Gisela la había dejado botada en el Club Zafiro la última vez.

—¿No habías dicho que si mi hermano Mateo no te pedía perdón, no ibas a volver a hablarle? —soltó Yara, afilada—. Andar detrás de él así te hace ver rogona.

Al escuchar la discusión, Mireya, que no sabía cuándo callarse, se entrometió:

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