La aparatosa caída de Gisela acaparó inmediatamente la atención del panel de jueces.
—¡Espero que las manos de la señorita Rivera estén bien! ¡Para un estudiante de medicina, sus manos son su segunda vida, no podemos permitir que sufran ningún daño!
—¡Exacto! ¡Que alguien vaya a revisarla ahora mismo! ¿Y quién fue la alumna que la empujó? ¿Cómo puede tener tan poco tacto y profesionalismo?
—¿Acaso son estúpidos? ¿Qué hacen ahí parados? ¡Vayan a ayudarla a levantarse!
Salvo Don Abelardo y Mateo Soler, el resto de los jueces parecían hormigas sobre un comal caliente, al borde del pánico.
Uno de ellos notó que el semblante de Mateo se había oscurecido de repente. Su mente trabajó a toda velocidad.
Recordando el acuerdo matrimonial histórico entre la familia Soler y la familia Rivera, el juez se apresuró a darle explicaciones.
—Señor Soler, todos vimos claramente lo que pasó. Esa estudiante empujó a Gisela a propósito. No se preocupe, no toleraremos este tipo de competencia desleal. Tomaremos medidas muy severas al respecto.
Don Abelardo, al ver que ya daban por hecho que su querida estudiante había empujado a la chica, estalló en indignación.
—¿Tienen pruebas? ¿Con qué derecho acusan a mi alumna?
El juez no esperaba que Don Abelardo le levantara la voz por una simple estudiante, y su rostro palideció por la vergüenza.
—Don Abelardo, todos lo vimos con nuestros propios ojos. Si alguien no le hubiera puesto el pie a propósito, ¿cómo iba a caerse la señorita Rivera?
Pero Don Abelardo no iba a tragarse ese cuento y replicó con sarcasmo:
—¿Acaso tienen los ojos de adorno?
Al escuchar eso, el juez intentó defenderse nuevamente.
Fue entonces cuando Mateo Soler intervino.
Su voz fue fría, imponente y no dejó margen para réplicas.
—Estoy de acuerdo con Don Abelardo. El problema no fue causado por esa estudiante.
El juez, que hace un segundo intentaba quedar bien con él, se quedó mudo.
¿Acaso había metido la pata?
El estruendo de los cristales rotos atrajo inmediatamente la atención de todo el recinto.
Algunos estudiantes que estaban más lejos y no habían visto el intento desesperado de Gisela por arrebatarle las herramientas, se quedaron extrañados al verla perder el equilibrio de la nada, intentar agarrarse del borde de la mesa y terminar en el piso.
El suelo del laboratorio era completamente plano, no había razón alguna para tropezarse de esa manera.
—¡Gisela!
Los compañeros de su equipo tampoco vieron cómo había caído y, por inercia, dirigieron miradas acusadoras hacia Roxana, quien seguía sosteniendo el instrumental.
—Oye tú, ¿qué fue lo que pasó? ¿Por qué en cuanto te moviste, nuestra compañera se cayó al suelo?
Los demás estudiantes de la Universidad de Veridia se acercaron rápidamente, lanzando cuestionamientos.
—¡Exacto! Aunque esto es una competencia, en nuestra universidad siempre priorizamos la camaradería. ¡Jamás habíamos presenciado un accidente tan sucio como este!
—¡Seguro fuiste tú! ¡Para robarle el instrumental le metiste el pie a Gisela, acéptalo!

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