El día de presentarse en la Universidad del Sur llegó rápidamente, y Darío, que también tenía una reunión programada con el rector, decidió llevar a sus dos hermanas.
Al ver que su preciada hija estaba a punto de irse, Marina sintió un nudo en la garganta. La agarró de las manos con fuerza justo antes de subir al auto.
—Roxana, la universidad está cerca. Si sientes que el ambiente no te gusta o alguien te hace un desaire, tienes que volver a casa. No te guardes las cosas, ¿de acuerdo?
Roxana asintió, viéndose inusualmente dócil.
—De acuerdo.
Rafael también sentía una enorme tristeza por verla partir, pero él no era de los que mostraban sus emociones tan abiertamente. Con un tono de voz profundo y sereno, le dio sus últimas recomendaciones.
—No intentes cargar con todo sola estando allá afuera. Recuerda que tienes a tu madre y a mí respaldándote. Para cuando vuelvas a casa la próxima vez, tus otros dos hermanos ya habrán regresado, y organizaremos una gran fiesta de bienvenida para presentarte oficialmente a toda la familia.
Roxana volvió a asentir.
—De acuerdo.
Rafael se volvió hacia Yara.
—Yara, lo mismo va para ti. Cualquier problema que tengas, avísanos de inmediato.
—Claro que sí, papá —respondió Yara con una sonrisa encantadora.
Finalmente, Rafael miró a Darío y toda su amabilidad se desvaneció al instante, reemplazada por un semblante estricto.
—¡Y tú, muchacho, asegúrate de cuidar bien a tus dos hermanas!
—Pierde cuidado, papá —río Darío.
Poco después, los tres emprendieron el camino.
***
Mientras tanto, en la Universidad del Sur, la oficina del rector, un lugar que normalmente era un santuario de silencio y disciplina, estaba envuelta en un caos total.
—¡Rápido, ayúdame a decidir! ¿Se ve mejor la corbata o el moño?
El viejito de cabello canoso, vestido con una impecable camisa gris y manteniendo una postura perfectamente recta, se miraba en un enorme espejo de cuerpo entero, probándose un accesorio tras otro debajo del cuello.
Detrás de él, el director, vestido con un traje formal al igual que su superior, no se atrevía a mostrar la mínima falta de interés, pero tampoco se arriesgaba a tomar una decisión a la ligera.
—¡Jefe, acompáñeme rápido! Si nos tardamos ya no alcanzaremos a verla. Le juro que esto es importante, ¡esta vez la diosa Yara logró entrar al Concurso de Música Dorada! Si no aprovecha ahora para ganar puntos con ella, cuando gane el premio habrá mil tipos haciendo fila para robársela.
En el pasado, escuchar eso habría bastado para que León saliera volando por la puerta.
Pero las cosas habían cambiado. Su primo le había dejado muy claro que tenía que lograr que esa chica prodigio lo aceptara como su subordinado, de lo contrario, le prohibirían volver a poner un pie en la casa.
Además, muy en el fondo, León de verdad deseaba ganarse el respeto de aquella joven intimidante. Necesitaba entrenar al máximo antes de que ella llegara; si no mejoraba sus habilidades, ni siquiera sería digno de cargarle la mochila.
Frunció el ceño, mirando con molestia a su compañero.
—Todavía me faltan dos rondas. Sal de aquí y haz guardia en la entrada. Si hay cualquier novedad, vienes y me avisas.
El chico rapado no entendía cómo su jefe había cambiado de prioridades tan drásticamente de la noche a la mañana, pero no se atrevió a cuestionarlo y salió corriendo obedientemente.
***
En el interior del auto.
Roxana había cerrado los ojos durante todo el trayecto para descansar.

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