De pronto, el celular vibró. Al principio decidió ignorarlo, pero el aparato comenzó a zumbear con tanta insistencia que no tuvo más remedio que abrir los ojos.
Eran una ráfaga de mensajes del rector.
[Pequeñita Roxana, ¿por dónde vienes?]
[No te estoy apurando, eh. Solo quiero confirmar tu ubicación.]
[¿Me vas a ignorar? Qué cruel eres...]
[¡Hoy me puse mi mejor corbata y hasta me arreglé el cabello! ¡Te aseguro que seré el primero que veas al llegar!]
Roxana no pudo evitar esbozar una sonrisa al imaginarse al viejecito ajustándose la ropa cada dos segundos, pasándose la mano por el pelo y poniéndose de puntillas para intentar verla a lo lejos.
Revisó el mapa en la pantalla y le respondió:
[Ya casi llego. A menos de un kilómetro.]
—Roxana, si ya descansaste, me gustaría platicarte un poco sobre cómo funcionan las cosas en la Universidad del Sur. Me preocupa que, por no conocer nuestras reglas, rompas algún tabú —dijo Yara con tono amable al verla despierta.
Roxana ni siquiera levantó la vista del teléfono y siguió tecleando.
—No es necesario. Cuando esté adentro me enteraré de lo que necesite saber.
—Pero es que esta universidad es muy diferente a las demás, hay muchas reglas no escritas que no entenderías a primera vista. ¿No crees que sería mejor que te las explique de una vez? —insistió Yara, sin querer darse por vencida.
Roxana ya empezaba a perder la paciencia. Levantó la mirada, proyectando una frialdad cortante.
—Me tiene sin cuidado cuáles sean las reglas de tu universidad. En mi mundo, solo existe una regla: no me meto con nadie si nadie se mete conmigo.
Yara fingió sentirse intimidada por esas palabras. Se encogió y se inclinó hacia Darío, con una mezcla de tristeza y resentimiento.
—Roxana, ¿de verdad hay un malentendido entre nosotras? Siempre siento que me tratas con hostilidad, ¿acaso te hice algo malo?
—Oh —murmuró Roxana, con el rostro totalmente inexpresivo—. Si sientes que es así, entonces es así. ¿Podrías guardar silencio de una vez?
A través del cristal, Roxana vio a una enorme multitud agrupada en la entrada. Al frente de todos estaba el viejecillo, con una expresión de absoluta solemnidad.
Si no fuera por la corbata roja chillona que llevaba puesta, quizás su intento de verse intimidante habría funcionado.
Le envió un mensaje.
[Ya llegué.]
El rector miró la pantalla de su celular, y al leer el texto, su rostro se iluminó por completo. De inmediato comenzó a caminar en dirección a ellos.
Roxana ya estaba bajando el vidrio de su ventana para saludarlo, cuando vio cómo el anciano pasaba de largo, ignorando por completo su lujoso auto, y se dirigía directamente al otro lado de la calle.
Por primera vez en mucho tiempo, Roxana se quedó genuinamente perpleja. ¿Qué estaba haciendo?
—¿Señor rector? —El director Gerardo Quinche, que venía persiguiéndolo desde atrás, se sorprendió al ver cómo el rector pasaba olímpicamente junto al auto de lujo y corrió para alcanzarlo—. ¿La personalidad importante que estamos esperando no viene en ese auto?
—Por supuesto que no —respondió el rector con una confianza inquebrantable—. La eminencia que estoy esperando jamás usaría algo tan frívolo. Ella siempre mantiene un perfil bajísimo y considera el dinero como algo secundario. Por más que su fortuna sea incalculable hoy en día, jamás se presentaría en un vehículo tan escandaloso.

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