—¿Tú debes ser Roxana?
Al pisar el último escalón, Roxana se topó de frente con un hombre de aspecto refinado y elegante.
Al escuchar la emoción en su voz, parpadeó sorprendida por un segundo antes de esbozar una cálida sonrisa.
—Hola, Tío Bernardo.
La voz clara, dulce y sin pretensiones de la joven hizo que la sonrisa de Bernardo se ensanchara.
Su hermano ya le había enviado fotos de su sobrina, y aunque en imágenes se veía preciosa, en persona su belleza era deslumbrante.
Tenía una mirada cristalina e inteligente. Físicamente era el vivo retrato de su hermana Marina, pero su aura era completamente distinta. Mientras Marina irradiaba una dulzura maternal, Roxana emitía un aire de misterio y frialdad.
Pero era una frialdad cautivadora, una presencia magnética imposible de ignorar.
—Qué bueno que llegaron. Deben estar muertos de hambre. Ya pedí que prepararan un banquete espectacular para recibirlos. ¡Suban al carrito!
De la pura alegría, Bernardo se puso al volante del carrito de golf.
En cuestión de minutos, llegaron a las puertas de la inmensa mansión blanca.
Dos filas de empleados, impecablemente uniformados, los aguardaban en la entrada. Al ver a su jefe conduciendo el carrito personalmente, todos abrieron los ojos de par en par.
Pero al notar a la deslumbrante joven sentada en el asiento del copiloto, comprendieron todo.
Esa debía ser la Señorita Roxana, la heredera perdida que acababan de encontrar.
El mayordomo principal, ataviado con un elegante frac, dio un paso al frente y tomó la palabra.
—Señorita Roxana, bienvenida a casa.
Todo el personal hizo una reverencia profunda y coreó al unísono:
—Señorita Roxana, bienvenida a casa.
Roxana alzó una ceja, divertida por la teatralidad del recibimiento. Parecía que su tío Bernardo realmente quería consentirla.
Al entrar en la vasta y lujosa sala, Bernardo recibió una pequeña caja de regalo adornada con un lazo de manos del mayordomo, y se la entregó a la chica con una sonrisa radiante.
—Roxana, este es mi regalo de bienvenida para ti.

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