¡Eso significaba que planeaban robar la mercancía!
Perfecto.
¡Ese era su estilo!
—Tengo a diez hombres más apostados afuera. Coordínense bien. ¡Quiero ese Ginseng de las Nieves intacto!
—¡Sí, jefe!
En cuanto los dos salieron, un pensamiento cruzó por la mente de Patricio: Roxana también estaba en el país, ¿sería posible que estuviera allí?
Pero desechó la idea casi al instante.
Los filtros de seguridad de la Casa de Subastas de la Corona eran demasiado estrictos; dudaba mucho que ella tuviera el nivel necesario para entrar.
En el salón principal, el público, que esperaba ansioso una guerra de ofertas legendaria, se quedó atónito cuando el palco número 5 tiró la toalla en la segunda ronda.
Nadie podía creerlo.
—Es cierto que la oferta del invitado del Príncipe Zachary es monstruosa, pero no creí que los del palco 5 se acobardaran tan rápido.
—¿Eres idiota? Quienes ocupan el palco 5 no son empresarios comunes. Son mercenarios, criminales que prefieren la plata antes que la vida.
—¿Qué? Entonces, ¿por qué el del palco del príncipe se arriesgó a competir?
—Pues obvio, ¡para conseguir esa medicina a como dé lugar!
—Pero si los del palco 5 se rindieron tan fácil, ¿significa que no querían tanto el Ginseng?
—Eres muy ingenuo. Conociendo a esa calaña, lo más seguro es que hayan decidido aplicar el método del descuento del cien por ciento: robarlo.
Ese último comentario heló la sangre de los presentes.
Todos sabían que los artículos invaluables solían atraer miradas codiciosas.
Pero sentir esa amenaza letal flotando en el aire era una experiencia aterradora.
Cuando le entregaron el artículo, Roxana lo inspeccionó minuciosamente. Al confirmar que el Ginseng de las Nieves estaba en perfectas condiciones, liquidó el pago al instante.
Con los trámites completados, guardó la delicada caja dentro de una sencilla bolsa de tela que ató con firmeza.

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