Sin embargo, Zachary le puso una condición: la próxima vez que fuera, tendría que cenar con él.
Roxana aceptó sin problemas.
Apenas se bajó del auto, recibió una llamada de su hermano mayor, Mateo.
—Roxana, todavía no he terminado mis asuntos por aquí, así que creo que me quedaré en Estados Unidos todo este mes. Lamento mucho no haber podido ayudarte con lo del Ginseng de las Nieves. Por eso, te transferí algo de dinero a tu cuenta; es un detalle de mi parte, no puedes rechazarlo.
—Está bien, Mateo. Cuida mucho tu salud, por favor.
Mateo se sintió conmovido por la dulzura de su hermana, y su tono se suavizó.
—Lo haré, pequeña. Si tienes tiempo libre, ven a Estados Unidos a visitarme a mí y al tío Bernardo. Haré un espacio en mi agenda para llevarte a pasear.
Al guardar su celular, Roxana notó que Valeriano también estaba revisando el suyo. Su expresión era sombría.
Rápidamente se acercó.
—¿Qué pasó? ¿Tigre y Bastián ya dieron señales de vida?
—No. Hubo un problema en la Región de los Tres Oros.
Roxana sabía que, para que él pusiera esa cara, no era un problema cualquiera.
—Ve a encargarte de eso. Yo regresaré directo a Veridia —se ofreció ella.
—No quiero que te vayas sola.
—Estaré bien. —Roxana deslizó su mano entre las de él y le sonrió con ternura—. El vuelo no es tan largo y todos en el avión son gente de tu confianza. Nada me pasará. Además, como todavía no sabemos nada de Julián, Tigre ni Bastián, lo más seguro es que tenga que volver pasado mañana. Si ya terminaste para entonces, nos vemos aquí.
Valeriano apretó su mano. En el fondo, suspiraba rendido; era incapaz de negarle nada.
—De acuerdo. Tomaré un vuelo directo a la Región de los Tres Oros más tarde y resolveré esto lo más rápido posible. Pero prométemelo: mantente en contacto. No dejes que me preocupe sin saber de ti.
Estados Unidos era peligroso, pero Veridia tampoco era un paraíso de paz.
—¿Cómo no me voy a angustiar? Cuando se fue, dijo que la acupuntura solo haría efecto por tres días. Faltan apenas un par de horas para que se cumpla el plazo. ¡Los nervios me están comiendo viva! —Hilda se apretaba el pecho, sumida en la ansiedad.
Rafael notó que Marcelo también estaba preocupado, así que se unió para dar apoyo.
—Marcelo, si Roxana ya tiene el Ginseng de las Nieves, es un hecho que Moni se salvará. No desesperen. Si se enferman de los nervios, Moni sufrirá cuando despierte y los vea así.
En el fondo, Marcelo sentía un miedo terrible, pero confiaba ciegamente en Roxana. Se obligó a respirar profundo.
—Es cierto. Si Roxana dijo que puede curarla, es porque puede. Hilda, intenta calmarte. No querrás asustar a nuestra hija.
Las palabras de su esposo lograron apaciguar un poco la inquietud de Hilda.
De pronto, un grito rompió la calma.
—¡Señor, señora! ¡Tienen que subir a ver a la señorita Moni! ¡Hay algo que anda muy mal!
La enfermera a cargo del cuidado de Mónica salió corriendo de la habitación, gritando hacia la planta baja.

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