Marcelo e Hilda fueron los primeros en salir disparados hacia el segundo piso.
Marina y Rafael tardaron un segundo en reaccionar, pero subieron de inmediato tras ellos.
—¡Papá, mamá! —llamó Yara.
Acababa de salir de la cocina con dos hermosas copas de postre de frutas exóticas preparadas especialmente para sus padres, pero los vio correr hacia las escaleras ignorándola por completo.
Se quedó inmóvil por un momento antes de dejar las copas sobre la mesa con brusquedad.
¡Ahora resulta que sus padres se preocupaban más por esa sobrina que por ella!
¡Eso de que los vínculos de crianza pesaban más que la sangre era una vil mentira!
Desde que Roxana regresó, Yara sentía que su lugar en la casa había desaparecido.
Doña Agustina, que acababa de llegar, notó la mirada ensombrecida de Yara y sintió que se le helaba la sangre.
Conociéndola, temió que subiera a romper las antigüedades de su cuarto en un ataque de rabieta, así que se acercó de inmediato.
—Señorita Yara, ¿qué pasó? Cuando me fui hace un rato, estaba muy entusiasmada preparando los postres.
—¡No soy como Roxana! ¡No soy un genio médico que puede salvar vidas! ¡Yo solo sirvo para hacer estupideces que nadie valora!
Doña Agustina se quedó sin palabras por un instante.
¿Todo ese drama por un postre?
Que no estuviera a la altura de Roxana no era ninguna novedad. ¿Por qué se ofendía ahora?
—¡Yo también soy la hija que mis padres mimaron durante diecinueve años! ¿Por qué de repente no tengo ni voz ni voto en esta casa? ¿Solo porque no soy su hija de sangre merezco ser tratada como basura?
Mientras más hablaba, más se enfurecía. Con un manotazo, empujó las dos copas de cristal.
Doña Agustina, ágil como un felino, logró atraparlas antes de que cayeran.
Y no era para menos.
Las frutas eran importadas, lujos que no se conseguían en el país. Y el caviar que coronaba el postre era de una calidad exquisita; ¡una simple cucharada costaba alrededor de veinte mil!

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