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LA DESECHADA MANDA romance Capítulo 829

Desde su habitación, Roxana realizaba una videollamada con sus subordinados. Gracias a su informe, descubrió el verdadero motivo del apresurado viaje de Valeriano a la Región de los Tres Oros: la Alianza Ígnea había sufrido una emboscada, dejando a diez de sus hombres gravemente heridos.

Roxana no tardó ni un segundo en atar cabos: la familia Solórzano.

Casi todos los incidentes recientes tenían la firma de ese infame clan.

Pero, ¿cuál era su verdadero objetivo al causar tanto caos y luego atreverse a provocar a la Alianza Ígnea en la Región de los Tres Oros?

Intentó llamar a Valeriano para obtener más detalles, pero la línea mandó directo al buzón. Seguramente estaba en medio del fuego cruzado.

No insistió.

En ese momento, su teléfono sonó. Era don Abelardo.

—¡Muchacha! ¿Ya regresaste? ¿Conseguiste el Ginseng de las Nieves? ¡Dime que le guardaste un poco a este viejo!

—Por supuesto que sí. —Roxana ya había calculado la dosis exacta que necesitaba Mónica y había almacenado el resto cuidadosamente.

Al mirar la blanca y brillante planta, una punzada de preocupación le cruzó el pecho al pensar en Siete.

La fórmula que Siete le había inyectado a Dulce lograba contrarrestar gran parte del veneno, pero al ser un antídoto extremadamente raro, dudaba que Siete tuviera más a su disposición.

Recordaba perfectamente que, cuando los familiares de los Maldonado adoptaron a Dulce del orfanato, la niña no estaba envenenada; solo sufría los estragos de haber sido usada para probar químicos. Eso significaba que a Siete y a los demás los habían envenenado mucho tiempo después.

Sin el antídoto adecuado, la vida de Siete corría un grave peligro.

Pero la enérgica voz de don Abelardo la sacó de sus pensamientos.

—¡Excelente! Tráemelo cuando tengas un momento. Terminé una nueva fórmula para un antídoto experimental, pero siento que le falta un catalizador. Quiero probar qué pasa si le agrego el Ginseng.

Roxana miró el reloj. Aún no eran las nueve de la noche.

—Está bien, voy para allá. Además, necesito hacerle unas preguntas a Dulce.

Cuando bajó las escaleras y se acercó a la puerta principal, escuchó a un par de empleadas murmurando.

—Antes nunca noté nada raro en la señorita Yara, pero hoy, cuando vino hecha una furia, parecía que odiaba a los señores. Me dio un escalofrío.

—Yo pensé lo mismo. El señor y la señora jamás le ocultaron que era adoptada, pero a medida que crecía, para protegerla de los chismes, nos ordenaron que nunca lo mencionáramos. ¡Con esa actitud, parece que la criaron para nada!

Roxana no pensaba intervenir, pero al escuchar que hablaban de sus padres, se acercó.

—¿Yara estuvo aquí?

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